Sé y no sé.

No sé si me gusta más ver o escuchar la lluvia.
Lo que sí tengo claro es que de vez en cuando me encanta sentirla en mi piel, gota a gota, llenándome el cuerpo entero, cayendo sin freno, sin miedo a estrellarse. También sé de sobra que ponerme las botas y el chubasquero para pisar los charcos era lo mejor que se podía hacer. Unos con la pierna izquierda, otros con la derecha y los últimos de la calle con ambos pies. Como si fuera ese juego en el que pintábamos en el suelo del uno al diez.
Cierro los ojos, cuento cien y te voy a buscar. Te has escondido por algún lado, quizá entre los árboles o a lo mejor inlcuso en algún lado en el que no puedo verte. Aunque, sinceramente, nada como antes de buscar a los demás, encontrarse a uno mismo y ya saber de sobra el camino.
Aunque, para qué mentir, siempre me había gustado el ir por zonas por las que se suponía que no se podía, por correr de vez en cuando hasta sentir los latidos del corazón en la garganta, gritar para que me escuchara alguien, mirar hacia el cielo de noche, lleno de estrellas.
Ve por el camino que tú quieras, no mires las pisadas que ya pasaron por ahí porque, al fin y al cabo, tú decides por dónde ir, si girar en algún momento, si seguir todo recto pero nunca, nunca, dar la vuelta hacia atrás.
A veintitrés de abril. (Feliz día del libro, por cierto)

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