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Mi favorita:

Miradas con sabores dulces.

Qué capacidad de sintetizar la vida tenéis aquellos que únicamente pensáis que lo importante es el color de ojos, que el azul es mucho más bonito que el verde o que el marrón está por encima de cualquiera. Pero, ¿qué hay de la luz de la mirada? De ese fuego que arde dentro de cada uno prendiendo cada roce y cada instante, descubriendo un universo entero en una pequeña pupila en la que uno puede perderse sin límite de veces, en la que podemos bailar incluso cuando no nos sepamos los pasos, en la que podemos cantar tan alto como queramos, en la que podemos sentirnos libres siempre. Qué bonito eso de ver brillar la mirada, de fijarse en cómo se enciende cuando hablamos de nuestro libro favorito o cómo se ilumina con cada carcajada que ha sido guardada hasta que no podíamos más y estallamos.  Estallamos y nos prendemos enteros, aunque era algo único porque ese fuego no quemaba, solamente nos encendía hasta hacernos brillar más fuerte que el Sol. Quédate con esas miradas en las que puedas …

Voz morada.

Que grite todo el mundo y que se oiga como si fuera una única voz, voz que no calla y que no va a callar. Voz que grita desgarrada por las que ya no están. Voz que lucha por el presente y el futuro, sin olvidar el pasado. Voz que es tan fuerte porque la han quitado tanto, que ya ni tiene miedo.
Una voz al unísono resonando por la ciudad, llegando hasta los rincones por los que nadie pasa y rebotando con su eco, iluminando, orgullosa, con su grito.
La sensación de sentir cómo la garganta estalla en cuanto una voz se alza por encima y, acto seguido, todas la siguen. No vamos a parar. Esto es sólo el principio.
A dieciséis de enero, miércoles.

La ciudad.

Las calles mojadas con las voces rotas, los charcos ahogando los gritos que ya no escapan y la Luna escondiéndose de la luz de las ventanas.
Las estrellas se me escapan entre los dedos y huyen, iluminándose cada vez menos hasta que desaparecen por completo de mi vista, las nubes cubren todo y la lluvia comienza a empañar los cristales de los coches.
Y, en medio de todo este caos, encuentras la ciudad más bonita que nunca, rota, resquebrajada, hecha añicos y, aun así, brillando para nosotros en cada rincón.
A once de diciembre, martes.

Los ojos bailando:

Los ojos bailando al ritmo de la música en el filo del abismo, sonriendo para sí pensando acerca del salto al mar, el corazón latiendo cada vez más deprisa y con más energía con tan solo pensarlo y la vida pasándonos corriendo mientras decidimos si quedarnos en tierra firme con miedo o si saltar de golpe y disfrutar de la caída; porque, al fin y al cabo, siempre nos levantaremos.
A treinta de octubre, martes.

Nosotros:

Hoy ha llovido. Y qué maravilla empaparse toda la ropa, pisar los charcos más profundos (y no, no saltarlos como obstáculos, si no afrontarlos de frente y de golpe) y calarnos hasta los huesos de la alegría de estar vivos.
La sencillez con la que se puede ser feliz cuando vemos el cielo incendiándose por las mañanas, con el Sol amaneciendo más naranja que nunca y las nubes rosadas simulando el humo del fuego ardiente.
Quizás sólo tengamos que encontrarnos a nosotros mismos entre tanto ruido, dedicarnos un silencio y darnos cuenta de que somos con quien, inevitablemente, pasaremos el resto de la vida. Y aquí estamos y, lo más importante, estaremos. Siempre creciendo. Siempre a mejor. Pase lo que pase. Nosotros.
A diez de octubre, miércoles.

Y:

Y los pies descalzos justo en el acantilado, el pelo suelto revoloteando contra el viento, los párpados soñando con volar junto los pájaros, la sonrisa tímida y escondida tras el brillo de tus ojos y la vida entre mis manos.
A dieciocho de septiembre, martes.

Fuego y cenizas.

Y que tenemos un fuego dentro que nos abrasa cada parte si no lo seguimos. Que nos quema con cada decisión equivocada. Que nos hace arder enteros a la mínima que algo sale mal.
Es una llama que es mejor amigo en las buenas y peor enemigo en las malas.
Y que se convierte en cenizas de vez en cuando y no sabemos por dónde esparcirlas, si tirarlas al mar y que viajen por siempre sin ruta alguna; si que vuelen con el viento formando un huracán desde el pico más alto del mundo; si que se mojen en el suelo de la ciudad con cada gota, desvaneciéndose poco a poco, llegando a ser nada.
Quizá las cenizas son todo lo que nos queda después de numerosos errores y fallos, pero seguramente esté en nuestra mano el avivar de nuevo el fuego con un par de piedras para volver a sentirnos vivos por dentro.
A doce de septiembre, miércoles.

Silencios y ruidos.

El mundo se para y se calla, deja de hacer ruido y da paso a un eterno instante en el que me sentía plena de seguridad, al igual que cuando te abrazan y te hacen sentir que estás como en casa.
Todo está en silencio y nos da miedo el sonido de las pisadas, así que decidimos ir de puntillas mientras paseamos. Aunque, sinceramente, nada como pisar hondo y dejar huella para marcar al otro, nada como ir silencioso mientras te llevas todo a tu paso con la fuerza de un huracán.
Nada como conseguir hacer feliz con esas tormentas llenas de sonrisas.
A uno de septiembre, sábado.