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Mi favorita:

Miradas con sabores dulces.

Qué capacidad de sintetizar la vida tenéis aquellos que únicamente pensáis que lo importante es el color de ojos, que el azul es mucho más bonito que el verde o que el marrón está por encima de cualquiera. Pero, ¿qué hay de la luz de la mirada? De ese fuego que arde dentro de cada uno prendiendo cada roce y cada instante, descubriendo un universo entero en una pequeña pupila en la que uno puede perderse sin límite de veces, en la que podemos bailar incluso cuando no nos sepamos los pasos, en la que podemos cantar tan alto como queramos, en la que podemos sentirnos libres siempre. Qué bonito eso de ver brillar la mirada, de fijarse en cómo se enciende cuando hablamos de nuestro libro favorito o cómo se ilumina con cada carcajada que ha sido guardada hasta que no podíamos más y estallamos.  Estallamos y nos prendemos enteros, aunque era algo único porque ese fuego no quemaba, solamente nos encendía hasta hacernos brillar más fuerte que el Sol. Quédate con esas miradas en las que puedas …

Tú y el mar, el mar y tú.

El mar me hace sentir la libertad. Me siento libre cuando me sumerjo hasta el fondo y noto ese toque sabor a sal en tus labios al besarte.
También siento que puedo devorar al mundo cuando el viento sopla tan fuerte que me revuelve el pelo a su antojo, unos mechones hacia el Norte de la brújula y otros hacia el Este. Parece que la libertad incrementa a medida que el aire sopla con más fuerza, tanta, que llega a reventar las olas con cada vez más ganas. Choca contra las rocas de los acantilados, desgastándolas con cada ida y venida.
Es el mar a quien escucho en las caracolas que coloco en mi oído.
Es el mar el que me hace sentir con la libertad dentro de mí.
Es el mar al único que puedo disfrutar en la playa, cuando la tímida arena se cuela por los huecos de mis dedos.
Sin embargo, tú consigues llenarme de tantas ganas (o más) con el simple hecho de sonreírme mirándome a los ojos mientras me das la mano.
A dieciocho de octubre, miércoles.

Once.

Hoy, día once de octubre, he experimentado (de nuevo) lo bonito que es estar viva.
Sonreír mucho. Bueno, mucho no, muchísimo, que nunca está de más y siempre tiene cierto toque optimista que ilumina el día del resto.
Correr y sentir el alma ardiendo por dentro, cómo las pulsaciones se aceleran y notar cada contracción del corazón, cómo late cada vez más rápido, cómo tu respiración se revuelve y forma un huracán.
Un huracán de energía y buenas vibraciones que te inundan por dentro, llenándote de ganas de seguir hacia delante, de afrontar lo que venga y, sobre todo, de ser feliz.
Ser feliz y transmitirlo, a quien sea, como sea, logrando ser el cambio que quieres ver en el mundo.
Dame la mano, vamos a intentarlo, seguro que no es tan difícil.
A once de octubre, miércoles.

Mar.

Es como la ola del mar que intenta alcanzar las estrellas, que intenta devorar la Luna, creyéndose que únicamente sirve con ir a por su reflejo.
Intenta alcanzarlas, reventándose contra las rocas afiladas de los acantilados, como si fueran los dientes de un lobo. Sabiendo que, inevitablemente, acabará deshaciéndose en la arena que se nos cuela entre los dedos de los pies al caminar, dejándola mojada una cuestión de segundos.
Sin embargo, no se da por vencida, vuelve a por ello siempre, poniéndose de vez en cuando más y más furiosa, alcanzando incluso 10 metros, soñando que viaja por el cielo, quedándose en las nubes y tirándose en caída libre en forma de gotas cuyo objetivo es llegar al suelo.
A veintisiete de septiembre, miércoles.

Imperfecciones.

Quizá en algún momento de mi vida me pregunte a mí misma porqué pensé esto, pero: qué bonita y única es la imperfección.
Puede que no estéis de acuerdo, pero, a mí, me encanta ver la cama deshecha, encontrar papeles distribuidos por la mesa, algún calcetín sin pareja en un cajón que no es el suyo, una moneda en el bolsillo de aquel abrigo que no te pones desde el invierno pasado, un botón suelto de alguna camisa, una tapa azul de un bolígrafo ya gastado, un llavero sin anilla en la caja de recuerdos que nos llenan la memoria de nostalgia.
Igual estoy yo equivocada o a lo mejor veo la vida desde el punto de vista que no debo, pero, supongo, que soy feliz así, con las subidas y bajadas de la vida, con las pequeñas tonterías del día a día, con las risas de un chiste malo, con un simple 'por favor' o un 'gracias' que tanto se echan en falta últimamente, con una sonrisa porque sí, con sencillos gestos que pasan de hacerte ver trucos a descubrir la magia.
Incluso ahora mismo…

Madrid:

Madrid, me encanta verte amanecer, despertarte con ganas y radiante, quitándote las legañas de la noche larga, imaginar cómo las nubes de tus sueños vuelan cada vez más alto, hasta que rozan el Sol de tu mirada y se desvanecen como el humo de mi café.
Sigo mirando por la ventana de mi tren y veo la noche desapareciendo poco a poco y con ella todos los recuerdos de la madrugada, de las conversaciones hasta las tantas, de los momentos frágiles de la mañana que nos abrazan el alma y nos hacen sonreír hasta que nos duelan las mejillas.
Y mientras tú sigues amaneciendo, yo me pierdo en mis pensamientos, acordándome de los paseos nocturnos por las vías del tren, del reflejo en el agua de las luces encendidas, de las carcajadas estalladas, pero sobre todo, de ti.
A cinco de septiembre, martes.

Cuando esperas tan poco y te dan tanto:

No hay nada más bonito que alguien te enseñe el universo entero cuando tú sólo esperabas un mundo, que te enseñen el mar cuando tú sólo mirabas dentro de una caracola para escuchar su sonido, que te enseñen todas las estrellas cuando tú sólo mirabas una constelación, que te enseñen que para volar no hacen falta alas, que se puede reír con la mirada, ser feliz con poco, querer con todo, soñar con el alma, arriesgar y ganar, perder y aprender, bailar bajo la lluvia y no mojarte, encontrar la Luna en tu sonrisa, conseguir todo lo que uno se proponga, sonreír hasta que duelan las mejillas, gritar a pleno pulmón y no quedarse afónico, disfrutar, y, sobre todo, vivir; así que llénate de todo lo que necesites y aprovecha la oportunidad que nos brinda cada segundo del día para ser felices.
A dieciséis de agosto, miércoles.

Ese instante (ojalá sepas del que hablo).

Qué bonito es ese instante en el que sientes que absolutamente todo está conectado, que todo está donde debe estar, como cuando el cielo se da la mano con el mar, como cuando las olas se deshacen contra los acantilados, como cuando cae la última gota de la tormenta, como cuando aparece un arco iris en el rincón más escondido, como cuando una sonrisa aparece de la nada, como cuando una risa estalla en el más absoluto silencio, como cuando unes todas las estrellas del firmamento a tu antojo, como cuando una mirada lo dice todo sin palabras, como cuando escuchas una canción que te llena con cada acorde, como cuando el viento sopla y te revuelve el pelo dejándote el sabor de la libertad, como cuando te entran los nervios antes de verle, como cuando dejas vía libre a tu imaginación y a tus sueños, como cuando eres capaz de hacer feliz, como cuando decides vivir y parece que ese instante del que hablaba antes, consigues hacer que se vuelva infinito.
A nueve de agosto, miércoles.