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Mi favorita:

Miradas con sabores dulces.

Qué capacidad de sintetizar la vida tenéis aquellos que únicamente pensáis que lo importante es el color de ojos, que el azul es mucho más bonito que el verde o que el marrón está por encima de cualquiera. Pero, ¿qué hay de la luz de la mirada? De ese fuego que arde dentro de cada uno prendiendo cada roce y cada instante, descubriendo un universo entero en una pequeña pupila en la que uno puede perderse sin límite de veces, en la que podemos bailar incluso cuando no nos sepamos los pasos, en la que podemos cantar tan alto como queramos, en la que podemos sentirnos libres siempre. Qué bonito eso de ver brillar la mirada, de fijarse en cómo se enciende cuando hablamos de nuestro libro favorito o cómo se ilumina con cada carcajada que ha sido guardada hasta que no podíamos más y estallamos.  Estallamos y nos prendemos enteros, aunque era algo único porque ese fuego no quemaba, solamente nos encendía hasta hacernos brillar más fuerte que el Sol. Quédate con esas miradas en las que puedas …

Mirándote a los ojos, que son siempre el reflejo del alma.

Con el alma hambrienta de sueños, desgarradora de ganas y batiendo las alas ya lista para el vuelo.

Seguirle siempre.

Y con el corazón en una vorágine por vivir rápido, yo siempre me decido por seguirle, porque me lleve donde me lleve, lo importante es el camino si es contigo.

El corazón siempre se recompone de los destrozos.

La noche ya no duele tanto sin ti. El aire es un poco más frío, pero siempre me ha gustado esconder las manos en un jersey de lana y abrazarme a mi corazón caliente para templarme un poco. Mirábamos el mismo cielo, pero buscando estrellas distintas y nunca nos poníamos de acuerdo.
El fuego ya está apagado, pero tú insistías en echar más leña y para mí ya no iba a arder más porque únicamente quedaban cenizas.
Tú veías los blancos y yo los negros.
Tú preferías el día y yo la noche.
Éramos polos opuestos y lo seguiremos siendo. Lo que ya no somos es nosotros, pero es cuestión de tiempo hasta que el mar vuelva a estar en calma y escuchar de fondo el oleaje.

Iluminar el mundo:

Brillar más fuerte que nunca, coger las ganas más escondidas al fondo del corazón y hacerlas subir como la espuma, sentir que la vida llega y te inunda y, sobre todo, ser feliz.
A veintinueve de marzo, viernes.

Voz morada.

Que grite todo el mundo y que se oiga como si fuera una única voz, voz que no calla y que no va a callar. Voz que grita desgarrada por las que ya no están. Voz que lucha por el presente y el futuro, sin olvidar el pasado. Voz que es tan fuerte porque la han quitado tanto, que ya ni tiene miedo.
Una voz al unísono resonando por la ciudad, llegando hasta los rincones por los que nadie pasa y rebotando con su eco, iluminando, orgullosa, con su grito.
La sensación de sentir cómo la garganta estalla en cuanto una voz se alza por encima y, acto seguido, todas la siguen. No vamos a parar. Esto es sólo el principio.
A dieciséis de enero, miércoles.

La ciudad.

Las calles mojadas con las voces rotas, los charcos ahogando los gritos que ya no escapan y la Luna escondiéndose de la luz de las ventanas.
Las estrellas se me escapan entre los dedos y huyen, iluminándose cada vez menos hasta que desaparecen por completo de mi vista, las nubes cubren todo y la lluvia comienza a empañar los cristales de los coches.
Y, en medio de todo este caos, encuentras la ciudad más bonita que nunca, rota, resquebrajada, hecha añicos y, aun así, brillando para nosotros en cada rincón.
A once de diciembre, martes.

Los ojos bailando:

Los ojos bailando al ritmo de la música en el filo del abismo, sonriendo para sí pensando acerca del salto al mar, el corazón latiendo cada vez más deprisa y con más energía con tan solo pensarlo y la vida pasándonos corriendo mientras decidimos si quedarnos en tierra firme con miedo o si saltar de golpe y disfrutar de la caída; porque, al fin y al cabo, siempre nos levantaremos.
A treinta de octubre, martes.