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Mi favorita:

Miradas con sabores dulces.

Qué capacidad de sintetizar la vida tenéis aquellos que únicamente pensáis que lo importante es el color de ojos, que el azul es mucho más bonito que el verde o que el marrón está por encima de cualquiera. Pero, ¿qué hay de la luz de la mirada? De ese fuego que arde dentro de cada uno prendiendo cada roce y cada instante, descubriendo un universo entero en una pequeña pupila en la que uno puede perderse sin límite de veces, en la que podemos bailar incluso cuando no nos sepamos los pasos, en la que podemos cantar tan alto como queramos, en la que podemos sentirnos libres siempre. Qué bonito eso de ver brillar la mirada, de fijarse en cómo se enciende cuando hablamos de nuestro libro favorito o cómo se ilumina con cada carcajada que ha sido guardada hasta que no podíamos más y estallamos.  Estallamos y nos prendemos enteros, aunque era algo único porque ese fuego no quemaba, solamente nos encendía hasta hacernos brillar más fuerte que el Sol. Quédate con esas miradas en las que puedas …

Cuando esperas tan poco y te dan tanto:

No hay nada más bonito que alguien te enseñe el universo entero cuando tú sólo esperabas un mundo, que te enseñen el mar cuando tú sólo mirabas dentro de una caracola para escuchar su sonido, que te enseñen todas las estrellas cuando tú sólo mirabas una constelación, que te enseñen que para volar no hacen falta alas, que se puede reír con la mirada, ser feliz con poco, querer con todo, soñar con el alma, arriesgar y ganar, perder y aprender, bailar bajo la lluvia y no mojarte, encontrar la Luna en tu sonrisa, conseguir todo lo que uno se proponga, sonreír hasta que duelan las mejillas, gritar a pleno pulmón y no quedarse afónico, disfrutar, y, sobre todo, vivir; así que llénate de todo lo que necesites y aprovecha la oportunidad que nos brinda cada segundo del día para ser felices.
A dieciséis de agosto, miércoles.

Ese instante (ojalá sepas del que hablo).

Qué bonito es ese instante en el que sientes que absolutamente todo está conectado, que todo está donde debe estar, como cuando el cielo se da la mano con el mar, como cuando las olas se deshacen contra los acantilados, como cuando cae la última gota de la tormenta, como cuando aparece un arco iris en el rincón más escondido, como cuando una sonrisa aparece de la nada, como cuando una risa estalla en el más absoluto silencio, como cuando unes todas las estrellas del firmamento a tu antojo, como cuando una mirada lo dice todo sin palabras, como cuando escuchas una canción que te llena con cada acorde, como cuando el viento sopla y te revuelve el pelo dejándote el sabor de la libertad, como cuando te entran los nervios antes de verle, como cuando dejas vía libre a tu imaginación y a tus sueños, como cuando eres capaz de hacer feliz, como cuando decides vivir y parece que ese instante del que hablaba antes, consigues hacer que se vuelva infinito.
A nueve de agosto, miércoles.

Tus ojos marrones.

Tus ojos marrones me recordaban al otoño, cuando las hojas de miles de tonalidades ocres se deslizan haciendo diagonales infinitas hasta que caen al suelo. 
Cuando hablabas de algo que te entusiasmaba, brillaban más que nunca, y me recordaban a esos días en los que el Sol, con ganas de salir, aparece entre las nubes que colorean el cielo de un blanco grisáceo. Tus ojos eran especiales, de un color, no había ningún tipo de mezcla en ellos, pero eran únicos. 
Y yo, sin saber por qué, decidía embarcarme en un viaje sin brújula y sin mapas, decidía aventurarme a la locura, dejándome llevar por las ganas y el optimismo, y quizá por eso mismo, el viento siempre estaba de mi parte. El oleaje iba y venía, y yo con él. Y cuando el Sol se escondía de nuevo en el lejano horizonte, aparecía la noche y yo me encontraba mirando a tu negra pupila con una cantidad inmensa de destellos que tenían cierto parecido a las estrellas de todo el firmamento.
A treinta de julio, domingo.

Tormenta.

Escuchaba al viento aullar como un lobo lo hace a la luz de la Luna, que conseguía entrar a través de la ventana resquebrajada por la fuerza de la lluvia.
La tormenta llevaba ya horas y horas rugiendo con fuerza y no parecía que fuera a cesar en ningún momento.
Me daba miedo mirar por la ventana, no fuera a ser que los restos de cristales que todavía resistían estallaran sin previo aviso. Sin embargo, decidí mirar.
El mar cada vez rompía con más furia contra las rocas y el acantilado comenzaba a tener apariencia de abismo. Al principio se asomaban gotas de agua, pero, llegó un momento en el que esas gotas pasaron a ser innumerables cantidades de agua que amenazaban con llevarse todo lo que quisieran por delante. Y, ¿quién sería yo para impedírselo?
La única opción que conseguía barajar era la de dormir y esperar a que la tormenta se cansara de descargar toda esa energía sobre aquella ciudad. Aunque, ¿por qué debería dormir y perderme aquel espectáculo que me estaba regalando la natura…

Hablando de imposibles.

Sentirse pequeño ante el inmenso océano, bucear hasta el fondo sabiendo que estás perdido como una aguja en un pajar.
Aunque, más de una vez he escuchado eso de que si te pierdes, sólo mira dentro. Por una vez en mi vida, hago caso. Y miro.
Me quedo mirando un rato largo, no solamente echar una ojeada por encima, si no mirar con profundidad, casi tanta que me pierdo en mí misma. Quizá me atrevería a decir que era algo imposible, era como una cuestión de perderse y encontrarse continua, como un escondite que nunca acaba, como personas que aparecen en tu vida y te abren puertas que nunca habrías conseguido imaginar.
Quizá de eso trate la vida, de encontrarse y perderse miles y miles de veces, mientras el reloj corre y la libertad nos hace volar.
A once de julio, martes.

Palabras que vuelan y me llevan a lo más alto.

Me pierdo entre las palabras, buceo y no me ahogo, vuelo sin alas, recorro los infinitos laberintos y nunca me pierdo. Y a la vez, siempre me encuentro.
Es el sin sentido de la vida, y al mismo tiempo no sería capaz de ver el significado sin ellas.
Me pierdo tantas veces que acabo por perder la cuenta, no me llegan los dedos de las manos y ni siquiera soy capaz de recordar cuál fue el último número que pensé.
Y justo en ese momento en el que me estoy planteando empezar a contar desde 0 otra vez, me encuentro, decido olvidar los números y empezar a disfrutar de esa libertad que siempre me regalarán las palabras.
A veinticuatro de junio, sábado.

Bucear, sumergirse y nadar mar adentro.

Pero qué bonito es sumergirse hasta el fondo del mar, ver la cantidad de animales que nadan por las profundidades y enamorarse de todas las variedades de colores que uno encuentra.
Qué bonito sumergirse y poder bucear todo el tiempo que se quiera, sin necesidad de bombona de oxígeno, sin necesidad de salvavidas, porque, en el fondo de tu alma sabes con plena seguridad que te mueves por océanos tranquilos.
Y, que por mucho que te hayan contado anécdotas de que adentrarse hacia mar adentro es peligroso, sabes con certeza que siempre acabarás en la orilla, sano y salvo.
Aunque, ¿por qué siempre gritar 'tierra a la vista' y volvernos locos de alegría? Quizá por la seguridad que nos trasmite.
Aunque, ¿qué sentido tendría la vida si no hubiera montañas rusas? ¿Si todo fuera absolutamente monótono y nunca saliéramos de la rutina?
A lo mejor la respuesta esté en encontrar tu propio océano, en encontrar esas olas que siempre te muevan haciéndote sentir en calma.
Puede ser que te pregu…