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Mi favorita:

Miradas con sabores dulces.

Qué capacidad de sintetizar la vida tenéis aquellos que únicamente pensáis que lo importante es el color de ojos, que el azul es mucho más bonito que el verde o que el marrón está por encima de cualquiera. Pero, ¿qué hay de la luz de la mirada? De ese fuego que arde dentro de cada uno prendiendo cada roce y cada instante, descubriendo un universo entero en una pequeña pupila en la que uno puede perderse sin límite de veces, en la que podemos bailar incluso cuando no nos sepamos los pasos, en la que podemos cantar tan alto como queramos, en la que podemos sentirnos libres siempre. Qué bonito eso de ver brillar la mirada, de fijarse en cómo se enciende cuando hablamos de nuestro libro favorito o cómo se ilumina con cada carcajada que ha sido guardada hasta que no podíamos más y estallamos.  Estallamos y nos prendemos enteros, aunque era algo único porque ese fuego no quemaba, solamente nos encendía hasta hacernos brillar más fuerte que el Sol. Quédate con esas miradas en las que puedas …

Tormenta.

Escuchaba al viento aullar como un lobo lo hace a la luz de la Luna, que conseguía entrar a través de la ventana resquebrajada por la fuerza de la lluvia.
La tormenta llevaba ya horas y horas rugiendo con fuerza y no parecía que fuera a cesar en ningún momento.
Me daba miedo mirar por la ventana, no fuera a ser que los restos de cristales que todavía resistían estallaran sin previo aviso. Sin embargo, decidí mirar.
El mar cada vez rompía con más furia contra las rocas y el acantilado comenzaba a tener apariencia de abismo. Al principio se asomaban gotas de agua, pero, llegó un momento en el que esas gotas pasaron a ser innumerables cantidades de agua que amenazaban con llevarse todo lo que quisieran por delante. Y, ¿quién sería yo para impedírselo?
La única opción que conseguía barajar era la de dormir y esperar a que la tormenta se cansara de descargar toda esa energía sobre aquella ciudad. Aunque, ¿por qué debería dormir y perderme aquel espectáculo que me estaba regalando la natura…

Hablando de imposibles.

Sentirse pequeño ante el inmenso océano, bucear hasta el fondo sabiendo que estás perdido como una aguja en un pajar.
Aunque, más de una vez he escuchado eso de que si te pierdes, sólo mira dentro. Por una vez en mi vida, hago caso. Y miro.
Me quedo mirando un rato largo, no solamente echar una ojeada por encima, si no mirar con profundidad, casi tanta que me pierdo en mí misma. Quizá me atrevería a decir que era algo imposible, era como una cuestión de perderse y encontrarse continua, como un escondite que nunca acaba, como personas que aparecen en tu vida y te abren puertas que nunca habrías conseguido imaginar.
Quizá de eso trate la vida, de encontrarse y perderse miles y miles de veces, mientras el reloj corre y la libertad nos hace volar.
A once de julio, martes.

Palabras que vuelan y me llevan a lo más alto.

Me pierdo entre las palabras, buceo y no me ahogo, vuelo sin alas, recorro los infinitos laberintos y nunca me pierdo. Y a la vez, siempre me encuentro.
Es el sin sentido de la vida, y al mismo tiempo no sería capaz de ver el significado sin ellas.
Me pierdo tantas veces que acabo por perder la cuenta, no me llegan los dedos de las manos y ni siquiera soy capaz de recordar cuál fue el último número que pensé.
Y justo en ese momento en el que me estoy planteando empezar a contar desde 0 otra vez, me encuentro, decido olvidar los números y empezar a disfrutar de esa libertad que siempre me regalarán las palabras.
A veinticuatro de junio, sábado.

Bucear, sumergirse y nadar mar adentro.

Pero qué bonito es sumergirse hasta el fondo del mar, ver la cantidad de animales que nadan por las profundidades y enamorarse de todas las variedades de colores que uno encuentra.
Qué bonito sumergirse y poder bucear todo el tiempo que se quiera, sin necesidad de bombona de oxígeno, sin necesidad de salvavidas, porque, en el fondo de tu alma sabes con plena seguridad que te mueves por océanos tranquilos.
Y, que por mucho que te hayan contado anécdotas de que adentrarse hacia mar adentro es peligroso, sabes con certeza que siempre acabarás en la orilla, sano y salvo.
Aunque, ¿por qué siempre gritar 'tierra a la vista' y volvernos locos de alegría? Quizá por la seguridad que nos trasmite.
Aunque, ¿qué sentido tendría la vida si no hubiera montañas rusas? ¿Si todo fuera absolutamente monótono y nunca saliéramos de la rutina?
A lo mejor la respuesta esté en encontrar tu propio océano, en encontrar esas olas que siempre te muevan haciéndote sentir en calma.
Puede ser que te pregu…

Bañándome entre quizás y el sentido de la vida.

Quizá el enigma del sentido de la vida sepamos resolverlo cuando sabemos quiénes somos, cuando encontramos nuestro alma escondida por un recoveco de algún recuerdo.
Quizá consigamos saber el sentido de la vida cuando llegamos a ese punto en el que, parece que todo está absolutamente conectado, que todo fluye de la manera en la que debe y que, tú te sientes en paz contigo mismo y con los demás. Ese instante que puede durar desde milésimas de segundos hasta años.
Quizá el sentido de la vida lo encontremos cuando miramos a unos ojos, quizá al derecho o quizá al izquierdo, cuando miramos a esos ojos y buceamos en ellos, como un mar sin olas que nos ahoguen, como una playa a la que siempre podemos regresar y encontrar tranquilidad, como unas aguas que nos mecen hasta conseguir que conciliemos el sueño.
Quizá el sentido de la vida esté en ti, en mí o en todos nosotros. Quizá el sentido de la vida sea cada una de las personas que se cruza por tu vida y decide quedarse para alumbrarte y queda…

Déjame que te levante.

Y el cielo se rompe encima nuestra, las nubes se fragmentan y se individualizan, separándose las unas de las otras por ese aire que no hace más que empujarlas en diferentes direcciones. Pero, es esa fuerza la que me sorprende, esa fuerza con la que luchan para entrelazar sus trozos blancos de algodón y mantenerse unidas. Quizás por un rato corto, o quizás para siempre.
En otras ocasiones, el aire decide jugar en contra del mar, juega a empujarlo una y otra vez contra todas esas rocas del acantilado. Lo hace con tanta fuerza que parece que las olas se van a resquebrajar en cuestión de segundos, que no van a aguantar más y que van a estallar. Pero también se decantan por la opción de bailar al mismo compás, de darse la mano y conseguir mover los pies a la vez, al ritmo de la música.
Otros tantos momentos, el viento pone a prueba al fuego, a ver cómo reacciona cuando sopla, a ver si consigue mantener esa vela encendida, o la apaga a la mínima.
Y mientras todo esto pasa, aquí estoy yo, vi…

Luces e ilusiones.

Y qué bonito es que una persona sea capaz de iluminar su camino y el tuyo a la vez, con tal de guiarte y que no te caigas, con tal de que siempre tengas una luz que te mantenga en pie y que, así, no te pierdas. Qué bonito es también encontrar personas dispuestas a sacrificar su propia luz con tal de alumbrar al resto, personas dispuestas a darlo todo por los demás casi sin dejar nada para sí mismos porque así iluminan todavía más que el Sol cuando es de día y más que las estrellas y la Luna unidas de la mano cuando es de noche. Esa luz que llega de golpe, como un foco en medio de toda la oscuridad y es exclusiva para ti, para que no te sientas solo y que nunca se te olvide que tienes a alguien pendiente para cuidarte. Esa luz que se encuentra en la mirada de cualquiera que habla de todo aquello que le gusta, con ese entusiasmo tan característico de cada uno que le ponemos a todas esas cosas que nos encantan, a todos esos libros, ciudades, rincones e incluso personas que nos llenan de…