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La ciudad.

Las calles mojadas con las voces rotas, los charcos ahogando los gritos que ya no escapan y la Luna escondiéndose de la luz de las ventanas.
Las estrellas se me escapan entre los dedos y huyen, iluminándose cada vez menos hasta que desaparecen por completo de mi vista, las nubes cubren todo y la lluvia comienza a empañar los cristales de los coches.
Y, en medio de todo este caos, encuentras la ciudad más bonita que nunca, rota, resquebrajada, hecha añicos y, aun así, brillando para nosotros en cada rincón.
A once de diciembre, martes.

Los ojos bailando:

Los ojos bailando al ritmo de la música en el filo del abismo, sonriendo para sí pensando acerca del salto al mar, el corazón latiendo cada vez más deprisa y con más energía con tan solo pensarlo y la vida pasándonos corriendo mientras decidimos si quedarnos en tierra firme con miedo o si saltar de golpe y disfrutar de la caída; porque, al fin y al cabo, siempre nos levantaremos.
A treinta de octubre, martes.

Nosotros:

Hoy ha llovido. Y qué maravilla empaparse toda la ropa, pisar los charcos más profundos (y no, no saltarlos como obstáculos, si no afrontarlos de frente y de golpe) y calarnos hasta los huesos de la alegría de estar vivos.
La sencillez con la que se puede ser feliz cuando vemos el cielo incendiándose por las mañanas, con el Sol amaneciendo más naranja que nunca y las nubes rosadas simulando el humo del fuego ardiente.
Quizás sólo tengamos que encontrarnos a nosotros mismos entre tanto ruido, dedicarnos un silencio y darnos cuenta de que somos con quien, inevitablemente, pasaremos el resto de la vida. Y aquí estamos y, lo más importante, estaremos. Siempre creciendo. Siempre a mejor. Pase lo que pase. Nosotros.
A diez de octubre, miércoles.

Y:

Y los pies descalzos justo en el acantilado, el pelo suelto revoloteando contra el viento, los párpados soñando con volar junto los pájaros, la sonrisa tímida y escondida tras el brillo de tus ojos y la vida entre mis manos.
A dieciocho de septiembre, martes.

Fuego y cenizas.

Y que tenemos un fuego dentro que nos abrasa cada parte si no lo seguimos. Que nos quema con cada decisión equivocada. Que nos hace arder enteros a la mínima que algo sale mal.
Es una llama que es mejor amigo en las buenas y peor enemigo en las malas.
Y que se convierte en cenizas de vez en cuando y no sabemos por dónde esparcirlas, si tirarlas al mar y que viajen por siempre sin ruta alguna; si que vuelen con el viento formando un huracán desde el pico más alto del mundo; si que se mojen en el suelo de la ciudad con cada gota, desvaneciéndose poco a poco, llegando a ser nada.
Quizá las cenizas son todo lo que nos queda después de numerosos errores y fallos, pero seguramente esté en nuestra mano el avivar de nuevo el fuego con un par de piedras para volver a sentirnos vivos por dentro.
A doce de septiembre, miércoles.

Silencios y ruidos.

El mundo se para y se calla, deja de hacer ruido y da paso a un eterno instante en el que me sentía plena de seguridad, al igual que cuando te abrazan y te hacen sentir que estás como en casa.
Todo está en silencio y nos da miedo el sonido de las pisadas, así que decidimos ir de puntillas mientras paseamos. Aunque, sinceramente, nada como pisar hondo y dejar huella para marcar al otro, nada como ir silencioso mientras te llevas todo a tu paso con la fuerza de un huracán.
Nada como conseguir hacer feliz con esas tormentas llenas de sonrisas.
A uno de septiembre, sábado.

Merecedores de alegría.

Estallémonos los corazones de tanto querer, que reviente el alma de tantos recuerdos felices, que nos duelan ambas mejillas de tanto reírnos a carcajadas y resguardémonos del frío que resquebraja en el calor de las miradas.
A uno de agosto, miércoles.

Rimarnos.

Inundarnos por dentro, llenar el alma, olvidar el vacío interno. Recordar lo bonita que es la vida cada mañana, al despertar, según abramos los ojos no dejemos de soñar.
Y volar. Lo más alto que podamos. Imaginación o realidad. Recuerdos felices de momentos eternos que se dan la mano para no separarse jamás.
Y gritar. Soltar todo lo que llevamos dentro.
Y una vez que hayan estallado los pulmones de ganas de vivir, volvernos a llenar otra vez de futuros, olvidándonos del pasado por un rato y listos para ser presente siempre.
A nueve de mayo, miércoles.

¿Me acompañas?

¿Hasta qué punto la realidad es real y no ficticia?
¿Son acaso los sueños irreales por no encontrarse en la dimensión del despertar?
¿Es siempre real y nunca ficticio lo que vemos, sentimos u oímos aunque las apariencias engañen?
¿Dónde está el límite entre lo que podemos imaginar y soñar frente a lo que podemos hacer? Pero, ¿hay siquiera límite que nos separe, que nos divida?
¿Hasta qué punto estaría alguien dispuesto a llegar para atravesar la barrera (si hay) entre lo ficticio y lo real?
Haya o no haya, yo no puedo quedarme con esta duda que me corroe por dentro. Estoy más que dispuesta a resolverlo, ¿me acompañas?
A doce de febrero, lunes.

Anatomía de un abrazo:

Un abrazo se define como el acto de rodear con los brazos a alguien o también cuando dos personas entre sí lo hacen como muestra de afecto, felicidad (y otros tantos sentimientos que impliquen acercamiento).
Sin embargo, quizá vaya más allá, quizá sean esas ganas de querer sentir a alguien cerca (físicamente hablando), de querer tener los corazones más unidos entre sí a la vez que se dan la mano y laten al mismo compás, bailando bajo la Luna y en el borde del precipicio.
Quizá abrazar a alguien sea sentirse como en casa, como cuando entras por la puerta y sientes el calor de la acogida, como cuando alguien te sonríe y te das cuenta de lo maravillosa que es la vida.
No sabría muy bien cómo definir un abrazo en sí, pero, lo que sí que tengo claro, es que te llena por dentro, inundándote de optimismo y de ganas de vivir.
A viernes 9 de febrero.