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Dicen...

Dicen las estrellas que los fugaces somos nosotros.Que sonríen al vernos.Que piden deseos cuando nos ven aquí tan lejos.Sin embargo, no entienden cómo somos nosotros los que deseamos al verlas, si ya tenemos el deseo cumplido con la persona que está tumbada a nuestro lado mirando el firmamento.

De encontrarte y encontrarnos.

Sentirte como en casa quiere decir que los ojos del otro te abrazan, te acogen, te arropan y te inundan con el alma, embriagándose de la alegría de encontrar esa única mirada entre tanta gente.

Y volar...

Ser esclavos del viento.Hojas sin dirección.Hasta que te das cuenta de que tienes alas y que no hace falta que nadie te enseñe a volar.Y, de repente, tu boca sabe a libertad y tu mente sólo piensa en ir cada vez más hacia arriba.

Mirándote a los ojos, que son siempre el reflejo del alma.

Con el alma hambrienta de sueños, desgarradora de ganas y batiendo las alas ya lista para el vuelo.

Seguirle siempre.

Y con el corazón en una vorágine por vivir rápido, yo siempre me decido por seguirle, porque me lleve donde me lleve, lo importante es el camino si es contigo.

El corazón siempre se recompone de los destrozos.

La noche ya no duele tanto sin ti. El aire es un poco más frío, pero siempre me ha gustado esconder las manos en un jersey de lana y abrazarme a mi corazón caliente para templarme un poco. Mirábamos el mismo cielo, pero buscando estrellas distintas y nunca nos poníamos de acuerdo.
El fuego ya está apagado, pero tú insistías en echar más leña y para mí ya no iba a arder más porque únicamente quedaban cenizas.
Tú veías los blancos y yo los negros.
Tú preferías el día y yo la noche.
Éramos polos opuestos y lo seguiremos siendo. Lo que ya no somos es nosotros, pero es cuestión de tiempo hasta que el mar vuelva a estar en calma y escuchar de fondo el oleaje.

Iluminar el mundo:

Brillar más fuerte que nunca, coger las ganas más escondidas al fondo del corazón y hacerlas subir como la espuma, sentir que la vida llega y te inunda y, sobre todo, ser feliz.
A veintinueve de marzo, viernes.

Voz morada.

Que grite todo el mundo y que se oiga como si fuera una única voz, voz que no calla y que no va a callar. Voz que grita desgarrada por las que ya no están. Voz que lucha por el presente y el futuro, sin olvidar el pasado. Voz que es tan fuerte porque la han quitado tanto, que ya ni tiene miedo.
Una voz al unísono resonando por la ciudad, llegando hasta los rincones por los que nadie pasa y rebotando con su eco, iluminando, orgullosa, con su grito.
La sensación de sentir cómo la garganta estalla en cuanto una voz se alza por encima y, acto seguido, todas la siguen. No vamos a parar. Esto es sólo el principio.
A dieciséis de enero, miércoles.