Hay una frase que he escuchado infinidad de veces: “ la muerte está tan segura de su victoria que nos da una vida de ventaja ”. Siempre creí que tuviera razón. Aunque, últimamente, quizá no tanto. ¿Acaso la muerte gana? Un jaque mate implica vencer al otro, pero, igual deberíamos cambiar la manera de verlo y, simplemente, disfrutar de la partida. La vida nos regala absolutamente todo: un atardecer, una caricia en la mejilla, entrelazar las manos, una sonrisa, la luz en la mirada, una canción que roza el alma, contar estrellas (fugaces o no) por la noche, cambiar de perspectiva y buena compañía. Detalles. Pequeños. Casi imperceptibles para algunos. A lo mejor ahí está la clave: en saber mirar lo que (casi) nadie ve.
Qué capacidad de sintetizar la vida tenéis aquellos que únicamente pensáis que lo importante es el color de ojos, que el azul es mucho más bonito que el verde o que el marrón está por encima de cualquiera. Pero, ¿qué hay de la luz de la mirada? De ese fuego que arde dentro de cada uno prendiendo cada roce y cada instante, descubriendo un universo entero en una pequeña pupila en la que uno puede perderse sin límite de veces, en la que podemos bailar incluso cuando no nos sepamos los pasos, en la que podemos cantar tan alto como queramos, en la que podemos sentirnos libres siempre. Qué bonito eso de ver brillar la mirada, de fijarse en cómo se enciende cuando hablamos de nuestro libro favorito o cómo se ilumina con cada carcajada que ha sido guardada hasta que no podíamos más y estallamos. Estallamos y nos prendemos enteros, aunque era algo único porque ese fuego no quemaba, solamente nos encendía hasta hacernos brillar más fuerte que el Sol. Quédate con esas miradas en las q...
Ya dudo de si el universo se escondía tras sus ojos, vivía en su cuerpo o se alimentaba de su risa. Tenía el mundo en la palma y la vida se reconstruía entre sus dedos. Su sonrisa descuidada que bailaba al son de las caricias y su alma inquieta por asomarse siempre al borde del precipicio. El abismo en sus pestañas y, en cada parpadeo, terremoto de emociones que se quedaban a bailar en mi estómago. La distancia se volvió relativa en el último abrazo, se acercaron los cuerpos mientras que los corazones se alejaban. Y, después de todo, aquí sigo. En reconstrucción. Buscando ese universo en mí, ya sea en mis ojos, cuerpo o risa.
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