"Qué bien haber saltado":
Ahora mismo, es la luz del salón la que ilumina mi ventana a las doce y pico de la madrugada de un martes cualquiera. La vida gira tan deprisa que, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de la velocidad que coge (evitándonos así, el vértigo). O, acaso, ¿no es lo que busco a toda costa? Ese revoloteo en el estómago, las ganas entrelazadas con el miedo antes de hacer por primera vez algo y, sobre todo, el orgullo y la alegría después de lograrlo. Acercar los pies un poco más al borde del acantilado (con pasos pequeños, por si acaso) y, ya sea con ojos abiertos o cerrados: saltar. Una vez en el aire, conoceré la sensación y, para mis adentros pensaré (como leí una vez): “sólo cayendo fue que pensó: qué bien haber saltado”.