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Vivir.

Ganas de vivir la vida, cada segundo de ella. Aprovecharlo y disfrutarlo al máximo hasta que llegue el siguiente y así volver a hacer lo mismo. Que el tiempo nunca se para porque nos permite disfrutar de cada segundo o milésima de segundo hasta que se agota y tenemos que hacer lo mismo con el próximo y con el otro y así sucesivamente con todos.
A veces, el tiempo se para y todo se detiene, pesa, cansancio permanente y sientes que no puedes más. No te rindas, que sólo ha sido una piedra en el camino, apártala o sáltala, pero no dejes que te estanque.
Disfrutar al máximo de todo, de los besos, de los abrazos, de las risas, de los detalles y sacar algo positivo siempre. Que no todo es malo, que hay que mirar hacia delante y jamás dejar de creer en uno mismo. Venga, tú puedes.
Levántate, cúrate las heridas y sigue andando. No te aseguro que las heridas dejen de doler y que no se vuelvan a abrir, tampoco puedo decirte que no te caerás, porque te estaría mintiendo. Pero sí te digo que jamás…

El mar y sus suaves olas.

El mar y sus suaves olas,
apenas rozaban la dulce orilla,
aunque sí que mojaban y empapaban mis pies, aquellos que iban de puntillas.
Poco a poco decidí meterme,
hundir la cabeza por debajo de él,
y abrir los ojos, ver cómo es todo en su oscuro fondo.
Salí a coger aire y me tumbé hacia arriba,
unas veces las olas me llevaban hacia dentro del mar y otras hacia la arenosa orilla.
Y por más que estuvieran cansadas de viajar, jamás pararían, siempre seguirían ese pausado compás, aquel que siempre tocaría.
Seguían moviéndose, unas veces más lentas y otras más rápidas, les daba igual la velocidad del movimiento, no se movían por el tiempo.
Ya era de noche y la Luna salía, el Sol ya se había ido, iluminando con sus últimos rayos del día.
Y por fin las estrellas y la Luna estaban en el cielo, iluminaban tanto como si fuera un sueño, y créeme que estuve en él, cuando la brisa empezó a acariciarme el pelo.

Sé como un pájaro.

A veces, cuando menos necesitamos determinadas cosas, vienen hacia nosotros y vuelven a aparecer.
Esos sentimientos que una vez decidimos echar y que han vuelto, que han vuelto y con más fuerza de la que se fueron. Vuelven para quedarse, pero yo quiero que se vayan.
El miedo llega y atrapa al alma, la envuelve, la da calor y también frío. Pero la acoge y la mece en las noches más oscuras, en esas noches en las que la Luna ni siquiera tiene fuerza para brillar.
El miedo llegó y nos atrapó, colocó bien su jaula de manera que así no pudiésemos salir de ella. Cerró bien la puerta.
Aun así, podíamos ver a través de los barrotes, aunque no sé si era mejor mirar o no hacerlo. No sé si era mejor observar y contemplar cómo todo se desvanecía y nosotros sin poder hacer nada, estando atrapados en esa jaula de la que no había salida.
Nos tenía cada vez más atrapados, la jaula iba siendo más pequeña y nos costaba más seguir.
El miedo nos mantenía cada vez más presos a medida que él era más libre.

Y qué.

Y qué si el viento me sopla en la cara y me enreda el pelo,
y qué si me tropiezo una y otra vez siempre volviendo a caer,
y qué si tantas cosas que no sabría decir todas.
Pero qué más da eso ahora, porque en un momento sí que dio, sí que me importó.
Sí que tuve miedo, miedo de no sé qué, miedo que al fin alejé.
Lo alejé de mí porque acaba destrozándome, desgarrándome, y no podía seguir así.
No podía seguir así, había aguantado demasiado y eso ya no era vivir.
No era vivir pero tampoco morir, desagradable intermedio, como entre el blanco y el negro, siempre ese feo gris.
Ese feo gris que a veces vamos buscando y otras lo despreciamos, nadie sabe por qué, quizá porque siempre queremos lo que nunca tenemos.
En realidad no lo sé, tampoco sé por qué escribo esto, ni por qué me maquillaré mañana; supongo que porque me apetece, y porque oye, típica frase, pero carpe diem.
Carpe diem, en tantas bocas, tantas bocas que la repiten una y otra vez, tantas que cansan ya.
Pero yo no lo hago tanto a…

Un mundo lleno de oportunidades.

Tenía un mundo de oportunidades para ti, sólo para ti. No sé cómo ni cuándo, pero las acabaste gastando.
Al principio no ibas demasiado rápido pero se acabaron consumiendo, poco a poco.
Y dime, cómo fuiste capaz. Te di todo de mí y más. Pero parecía que eso no era suficiente para ti, siempre querías y exigías más. Y yo no daba esa talla.
Y decidí olvidarte, pero no fue una decisión tan sencilla como la de echarse tres o dos cucharillas de azúcar en el café, quizá fue algo más tipo no me queda otra. Porque no, no me quedaba otra. No había más opciones. O quizá sí pero esa la única a la que veía salida.
Aunque hace tiempo la veía, sigo buscándola.
Porque dime cómo te olvido, si vuelves en cada canción, en cada foto, en cada buen momento, en cada grito, en cada sitio.
Te echo de menos.
Echo de menos cómo era todo o quizá más bien a cómo hacías que fuera.
Si todo era negro, dabas ese toque de luz que nunca viene mal. Pero como toda luz y como todo, también te acabaste consumiendo.
No sé…

Aquí ya era medianoche.

Aquí ya era medianoche,
pero a ella la daba igual, no la importaba,
seguiría escribiéndote.
Pero a ti eso también te daba igual,
ibas borracho perdido,
tambaleándote por las calles,
apoyándote por las paredes,
intentando encontrar a alguien como ella.
No sabías que no la encontrarías.
Y ella seguía escribiéndote,
al menos intentándolo.
El papel estaba a empezar mojado,
de tantas lágrimas,
lleno de tantos recuerdos.
Se derrumbaba sobre el papel,
y paró de escribir,
dejó la pluma sobre el escritorio,
y se levantó de la silla.
Mientras tú seguías sentado al lado del alcohol.
Ella se volvió a sentar,
cogió el papel, lo arrugó y lo tiró.
Por última vez.
Pero quizá eso no fuese suficiente, y decidió quemar todo.
Quemó todo, los recuerdos, los buenos y los malos momentos, te quemó a ti con ellos; como si nunca hubieses existido.
Ella te olvidó o lo intentó, como pudo.
Quemando fotografías, viéndolas arder y llorando con cada palabra, cada promesa que se consumía con ellas.
Se acabaron los …

El pesado o bonito paso del tiempo, tú decides.

Queríamos crecer, dejar la infancia atrás y llegar hasta la adolescencia, que es la mejor época. No parábamos de oírlo y al final es lo que queríamos. Y ahora estamos en esa época y no paramos de echar de menos la infancia, donde no había preocupaciones, donde disfrutábamos y nunca parábamos de reír, donde no había complejos ni orgullos. Otra época. Otra época que cada vez se ve más lejos, ni películas de dibujos con finales felices, ni pintar como tarea para casa ni caídas que acaban en risas. No, ya no. Todo eso se acabó y quizá nos damos demasiado cuenta tarde. Queremos quedarnos estancados en lo que conocemos, no queremos salir de ahí por medio al futuro, al qué habrá más allá o al qué pasará. Deja de acordarte de esos errores y sigue adelante. Recordando no llegarás a la meta, no avanzarás tampoco. Mueve un pie y después el otro, corre sin importar que al final acabes cayendo, como cuando eras pequeño. Como cuando te caías una y otra vez, y te eso te descolocaba, pero seguías ade…

La pequeña París.

Todos hablamos de lo bonito que debe ser París. Créeme que lo es.
Qué os voy a decir de la Torre Eiffel que no hayáis visto ya en fotos. Quizá hayáis visto la típica foto justo desde abajo, mostrando toda ella en sí. Quizá hayáis visto la foto desde su planta más alta.
Pero no es lo mismo ver una foto, que saber que tú has estado donde la foto, que estuviste ahí, viéndolo en persona. Estamos enamorados de sitios y cuando vamos, es una sensación increíble.
Cómo el viento te sopla en la cara poniéndote el pelo en ella, te incordia, te estorba. Pero estás en París.
Bajas de la Torre Eiffel y vas al Arco de Triunfo, no podía faltar. Y pasas a través de sus enormes columnas y subes la barbilla hasta que tus ojos se encuentran con nombres tallados. Y bajas la vista. Sonríes. Estás en París. Subes las escaleras, infernales por cierto, y llegas hasta lo más alto de él. Aprecia la imagen más bonita de París. Ves la Torre Eiffel y también sus pequeñas calles, cómo se encuentran unas con otras …

Íbamos a por todos.

Y querías que fuésemos a por todo, y fuimos.
También luchábamos e íbamos en contra de todos.
En esos momentos no me importaba.
Pero ya no estás tú para decirme: venga, adelante.
No hay nadie que lo haga, así que me encierro, construyo la muralla tan alta que siempre me ha rodeado, cada día más y más alta, para que nadie pueda derribarla.
Había algunos que intentaban escalarla, pero llegaba un punto en el que no sobresalían ladrillos y ya no tenías dónde agarrarte, así que acababan cayéndose al suelo. Rotos y destrozados, dejaban la muralla, y con ella, a mí. Pero yo seguía intacta, y quizá eso era lo mejor.
Otros intentaban romperla, pero veían que no podían. Al igual que los demás, me dejaban. Pero yo ya no estaba tan intacta, empezaban a faltar algunos ladrillos y la muralla empezaba a desmoronarse, poco a poco.
Dentro de ella, también había guerras internas, algunas por seguir construyendo la muralla y otras por dejar que alguien la derribara. Nunca ganaba nadie, así que esas guerr…

Y qué si me pierdo.

Tengo ganas de perderme por algún lugar del mundo, un bosque con árboles altos y con el suelo lleno de hojas. Hojas que piso aunque no lo intente.
Nublado, soleado, con frío, con calor, me da igual mientras sea contigo.
Que llueva, que te besaré bajo la lluvia.
Que salga el Sol, que te seguiré besando bajo sus rayos.
Que allá donde yo vaya, me acompañarás.
Y que me da igual si me pierdo, si me equivoco de camino o si me caigo, que tú estarás ahí para encontrarme, levantarme o darme la mano para seguir el camino correcto.
Salgamos de aquí y huyamos incluso a la ciudad. Vayamos de parque en parque o de tienda en tienda. Me da igual.
Mientras paseamos, me das la mano y me miras a los ojos, no puedo apartar la vista y me pierdo en ellos.
Entramos a una librería y te vas a la sección de poesía. Abres un libro. Rezo porque me leas un poema; lo haces. Te quiero:
"Quizá no seamos perfectos,
ni siquiera lleguemos a serlo,
pero qué más da eso,
nos tenemos el uno al otro."
Cada segundo…

Dame la mano y abrázame, dime que todo estará bien.

¿Hay alguien ahí? No, otra vez no hay nadie. ¿Y qué hago yo ahora? No sé cómo seguir, no sé volver, no sé estar sola.
No soy capaz de superar a los problemas, es más, todo lo contrario, me acaban superando. Por qué, explícamelo.
Quiero cerrar los ojos y que, cuando los abra, todo esté bien, que no haya más errores y volver a empezar, de cero.
Como si nada hubiese pasado, como si ningún daño hubiese hecho. Pero todo eso ha ocurrido, y no sé cómo arreglarlo. Quizá no se pueda. Quizá todo esté acabado, creo que incluso yo también.
Qué bonito debe ser levantarte todos los días con pensamientos optimistas y con ganas de vivir.
Qué bonito debe ser feliz.
Qué bonito debe ser que siempre haya alguien que te ayudase con todo.
Quizá ese ha sido mi problema, que siempre me he dejado en otros, he dejado que luchasen por mí, he dejado que se llevasen las pesadillas y los malos sueños. Les dejé. Pero ahora no sé qué hacer.
Yo no sé cómo hacerlo, los problemas son cada vez más grandes y cada vez hay…

Te decantas por sonreír, decido hacer lo mismo.

Me miras y te miro. Pero me sigues mirando y yo soy incapaz de apartar la vista. Nadie nunca ha sido capaz de fijarse en mí de esa manera.
Nos seguimos mirando y te decantas por sonreír, decido hacer lo mismo. No sé qué tendrás, quizá sea la sonrisa que me provoques con cualquier tontería. Gracias por ser como eres y gracias por hacerme sentir como lo haces.
Nadie nunca se ha atrevido a quererme tanto ni de la manera en la que tú la haces.
Cuando me das la mano, me sonríes, me miras, me pasas ese corto mechón por dentras de la cabeza, me acaricias la mejilla; tantos momentos.
Gracias por ser así, por no rendirte nunca, por estar siempre ahí, incluso en los peores momentos, en mis altibajos, en todo.
Nunca nadie se ha quedado y, por fin, alguien lo hace. No sé por cuánto tiempo, supongo que algún día todo esto acabará, pero no quiero pensar en eso ahora.
Sólo quiero abrazarte, besarte, darte la mano y pasar la mayoría de mi tiempo contigo.
Cierro los ojos y me acerco a ti, pongo mi c…

Te atreviste a quererme.

Eres valiente, me di cuenta cuando te atreviste a quererme con todos mis miedos e inseguridades, con todas mis rabietas y mis sonrisas.
Te armaste de valor y apostaste por hacerme sonreír cuando más lo necesitaba, por darme la mano cuando nadie más estaba ahí.
Te has atrevido a quererme tanto como nunca nadie siquiera ha podido, no sé cómo, pero lo has conseguido.
Yo no he sido capaz, y tú sí. Sigo sin entenderlo.
La manera en la que me haces sonreír cuando nadie más puede y los pequeños detalles, es lo que realmente merece la pena. Cualquier tontería me hace sonreír.
Y cómo me gusta que me abraces y sumergirme en tus brazos, perderme en ellos, perderme pero siempre teniéndote a ti para volver a encontrarme.
Y cómo me encanta que me beses suavemente, con esos labios tímidos pero graciosos.
Y cómo te quiero, por esos momentos en los que me das la mano y sonrío pero y cómo no, si incluso eso me hace feliz.
Me haces feliz.
Y cómo adoro cuando me pasas ese mechón de pelo por detrás de la…

Las luces siguen apagadas.

Ya está oscuro y las luces no se encienden. No hay ninguna luz (tampoco ninguna mano) que me diga qué camino seguir, por dónde ir.
Dime qué hacer.
Quizá deba quedarme quieta, sentarme a esperar a que llegues, a que me encuentres y así poder ir juntos, de la mano, ayudándonos si uno de los dos se cae.
Pero qué haré si no llegas. Supongo que seguiré esperando. Pero, dime, ¿te estaré esperando para que jamás llegues?
Quizá por eso deba seguir, tanteando el camino, intentando saber dónde piso; pero si te digo la verdad, no tengo ni idea de por dónde voy. Y tampoco sé qué camino tomar.
Las luces continúan apagadas y yo sigo sin moverme.
Por favor, ayúdame y dime qué hacer.
No sé cómo seguir si no te tengo aquí, todo está oscuro y no puedo ver nada. Te necesito para que me guíes, que me levantes cuando me caiga.
Por favor, vuelve e ilumina todo el camino.
Empiezo a tener frío, y sigo quieta, sin saber qué hacer.
De repente me entra miedo y empiezo a correr, la verdad que sin ningún motivo a…

Número 17.

Sinceramente, no sabía si estaría en esa calle el hotel. Estaba diluviando y, al principio, decidí no sacar el paraguas; pero no me quedó más remedio cuando empecé a tener frío.
Parecía ser que estaba en la calle y en el número correctos: "Sin mirar atrás número 17". Parecía que esa fuese mi calle.
"Sin mirar atrás".
Por fin encontré el hotel, pero no había nadie en recepción.
Mientras esperaba, decidí asomarme por la ventana. Llovía y llovía, la verdad es que pensaba que jamás pararía.
Pero qué estúpida, claro que pararía.
Pararía y saldría el Sol, brillaría más que nunca.
Pero también el Sol se escondería detrás de las grises nubes y volvería a llover.
Pero eso ya sería otra vez, otro día.
Estaba ensimismada mirando la lluvia, tanto, que no me di cuenta de que me hablaban hasta que me tocaron suavemente el hombro.
Me sonrojé y pedí perdón.
Me dijeron la habitación, cogí mi pequeño y escaso equipaje y entré por la puerta marcada con un número: 103.
Decidí tumbarme…

Por favor, sigue.

Y el viento me alborotaba el pelo pero me daba igual. Si no, lo harías tú, o me cogerías por detrás abrazándome por la cintura.
Me giraría y te besaría.
Y me susurrarías te quiero como tantas otras veces.
Y yo sonreiría hasta que me doliese como tantas otras veces.
Qué bonitos son esos momentos en los que te ríes hasta que no puedes más y de verdad estás disfrutando de la vida.
De esa vida que tienes que aprovechar porque sólo hay una.
Qué más da, por favor, vívela.
Y no te arrepientas de nada porque ya lo has hecho, sólo continúa. Y siempre hacia delante.
No mires atrás.
Por favor, sigue. No pares.
Anda o corre, da igual.
Pero quizá anda mejor, ve despacio, aprovechando cada momento, lento.
No tengas prisa, camina.
Respira y ríe como nunca lo has hecho.
No llores, por favor.
Eres fuerte.
Y sé que puedes.

Dímelo, sólo trato de entendernos.

Me agarro demasiado pronto a las personas.
Me agarro demasiado rápido y demasiado fuerte.
Me cuesta dejar que se vayan, pero qué puedo hacer si quieren hacerlo.
Nada, solamente ver cómo poco a poco se alejan, menos 'hola, qué tal', sin miradas y sin sonrisas.
Dime, ¿dónde se quedaron nuestras pequeñas tonterías?
No sé si se quedaron en algún lado, pero te las llevaste.
Te has llevado tantas cosas, tantas que ni siquiera te pertenecen.
Te has llevado parte de mí, quizá también fuese culpa mía por entregártela.
Pero cómo no hacerlo cuando me mirabas y me sonreías de esa manera.
Dime cómo eres capaz de destrozarme, de dejarme aún sabiendo lo que te quiero.
Por favor, dímelo.
Hago lo posible por entenderte, por entederlo, por entender qué pasó.
Pero no lo consigo.
Sólo sé que echo de menos tus caricias repentinas, cuando me pasabas el mechón de pelo por detrás de la oreja o me alzabas la barbilla y me besabas suavemente.
Dónde dejamos esos momentos.
La verdad es que no sé dónde es…

Escríbelo.

Escribí para desahogarme, para soltar todas aquellas palabras que estaban atrancadas en mi garganta y no me dejaban respirar.
Quizá necesitaba soltarlas.
Quizá era necesario obligarlas a salir, unas veces más despacio y otras tan rápido.
Tan rápido que no te da tiempo a agarrarlas antes de que sean dichas, antes de que el otro las escuche.
Y no me digas que no es bonito leer.
Ver cómo otro ha contado esas palabras que de tan dentro de él salen. Tan dentro de sí mismo.
Porque la gente escribe porque quiere, pero a veces es necesario.
Porque quizá algún día el nudo sea demasiado grande, tan grande que te acabe destrozando por dentro.
Qué bonito sería escribir cosas dulces, alegres.
Dime, pero para eso no sería necesario, ¿no?
Si tú escribes algo alegre, no era necesario que lo escribieses. No has necesitado echar a las palabras atrapadas en tu garganta. Que eran tímidas y con miedo de no ser escuchadas, quizá por eso se escribían.
Dime, cómo escribir con una sonrisa en la cara.
Si eres …

La lluvia golpeaba contra mi ventana.

La lluvia golpeaba contra mi ventana, cada vez más fuerte; pero yo no quería que entrara.
Tú llamabas a mi puerta, cada vez una llamada más desesperada; y quizá tampoco quería que entraras.
Quizá te echaba de menos.
Quizá ya no te necesitaba.
No lo sabía y puede que no quisiese saberlo.
Una hora, dos horas. Seguías insistiendo, pero cada vez con menos intensidad.
Cada vez con menos ganas de que te respondiese.
Cada vez querías irte cuanto antes.
Y oh, lo acabaste haciendo.
Te fuiste, yo iba a abrirte, pero quizá ya fuese demasiado tarde.
Justo en ese momento te abrí la puerta.
Te abrí, quería que entraras, pero tú ya no querías pasar.
Te abrí y vi cómo te ibas, lentamente, poco a poco, pero sin mirar atrás.
Quizá no debería dolerme tanto.
Pero poco a poco me iba rompiendo.
Unos rasguños que cada vez se iban haciendo más grandes.
Tan grandes que se acabaron tocando unos con otros hasta romperme y sacudirme por dentro.
Pero por fuera no se veía nada.
Quizá eso era lo que pretendía.
Pued…

Todas las tardes de los viernes.

Y ahí estaba, como siempre.
Esperándome como todas las tardes de los viernes.
Me estaba esperando con esa sonrisa torcida, pícara, tan característica suya.
Cuanto más le miro, más le quiero.
No sé por qué, pero corro hacia él.
Le abrazo y le beso.
Tampoco hace tanto desde la última vez que nos vimos, solamente cinco días que parece que hayan sido el triple o más.
Cada segundo que pasa, se hace como un minuto.
El tiempo pasa muy lento sin él.
Y tan rápido al revés.
Echaba de menos el sabor de sus labios, su mano en mi cintura abrazándome tan fuerte que nuestros corazones no estarían a más de los milímetros que las pieles nos separaban.
Quería tenerle cerca, que nunca se fuese, a mi lado, dándome la mano, paseando, hablando, besándonos.
La lluvia empezó a caer y en ese momento no me importó mojarme, no me importó nada.
Sólo él y yo.
Sonreí y pensé: esto no pasa siempre.
Y le volví a besar.
Y me seguía mojando.
Pero qué más daba, nada más importaba.
Estaba conmigo y yo con él.
Me apretó…

Me sonrió.

Me sonrió.
Y, de repente, el mundo se paró.
Puede que fuese la pieza más pequeña, pero quizá la más útil. Quizá sólo faltase esa. O quizá no. Pero todo funciona ya.
Cuando miraba hacia otro lado, no podía dejar de mirarle. Quizá sí pudiese.
Pero quizá no quería.
Quería mirarle y no parar de hacerlo.
Cómo le brillan los ojos cuando sonríe, y cómo se le cierran cuando ríe.
A veces, tienes que disfrutar del momento y vivir la vida.
Típico tópico.
Pero, ¿y es así?
¿Qué hacemos aquí: quietos, sin hacer nada, envueltos en la rutina?
No hacemos nada.
Y quizá sea hora de que todo eso cambie.
Nunca es tarde para empezar de nuevo. Vamos, empecemos de cero.
No te acuerdes de todo lo malo. Avanza.
Eso ya no va a volver, déjalo atrás.
Mira hacia delante.
Pero no quieres que te ayuden, deja que lo hagan. Lo harán.
Y hazlo tú también. Sonríe más, nunca viene mal.
Y le vuelvo a mirar.
Y me mira.
Aparto la vista y sonrío todo lo que puedo, las comisuras están lo más hacia arriba que pueden.
Levanta la…

El arte.

El arte.
Qué bonita manera de evadirse.
Y qué horrible tener que volver.
¿No os parece precioso lo que somos capaces de crear? Normalmente, sólo destrozamos, pero también sabemos cómo impresionar. Nos podríamos centrar en eso.
Historias.
Un libro me parece un auténtico tesoro. Una persona ha escrito una historia que por ejemplo, en este caso, no existe. No es real. Crea a gente, unos personajes, que tampoco lo son. Pero nosotros lo idealizamos, nos los imaginamos. Es increíble el poder de las palabras. Increíble cómo nos hacen llorar, reír. Cómo nos hacen disfrutar. Una pena que no todo el mundo sepa apreciar esos pequeños tesoros, esos pequeños mundos que creamos y que, sin saber cómo, no destruimos.
La poesía.
Más palabras, que riman con otras tantas, que se van juntando, uniendo, a medida que vamos leyendo. Van encajando entre ellas como si estuviesen destinadas a hacerlo. Precioso. Expresa sus sentimientos y como si no fuera poco, lleva una estructura. Como si estuviésemos habl…

Esto no sé de dónde ha salido.

Dime, ¿qué es el alma?
"Y yo qué sé", pensarás. Sí, yo también. Pero me encanta preguntarme estas cosas, no me preguntes por qué, a eso sí que no sabría buscarle ninguna respuesta.
Volvamos al alma. ¿Qué puede ser? ¿Existe de verdad? Yo creo que sí. Yo creo que el alma somos nosotros. No el cuerpo, no el físico en sí, lo que eres tú en realidad. Quién eres, cómo eres. Tú. Sin más, pero tampoco sin menos. ¿Qué se almacenará en el alma? ¿Quizás los recuerdos? Sí, yo creo que una parte de ellos. Yo creo que el alma almacena toda una vida, toda una persona. Dicen que cuando mueres, muere tu cuerpo pero no tu alma. A lo mejor por eso luego hay algo. ¿Realmente lo hay? A eso tampoco sé encontrarle ninguna respuesta coherente. Porque por mucho que diga, serán creencias. Pero ninguna cierta. Y dime, ¿a ti no te mata no saber el por qué de las cosas? ¿El por qué de la existencia? El por qué de tantas cosas que no sabemos, el por qué al que no hacemos caso. A ese por qué que si reso…

Comparemos la vida con un libro.

Miro a mi alrededor y no veo más que desastres. Más que vacío. Más que horror. Vivimos con miedo, ¿quizá a nunca ser suficientes para nadie? ¿Quizá a morir? En realidad, son confusiones de sentimientos. Sentimientos que no sabemos cómo definir, cómo expresar. Y nos los tragamos, nos los guardamos. Nos los guardamos para nosotros mismos. ¿Quién se atrevería a mostrarlos? A mostrarlos y que supieran la debilidad que tienes. Oh, no. Pero el tiempo pasa, más cúmulo de sentimientos. Cada vez más fuertes y más grandes. Ah, y más tiempo. Pero seguimos aguantando. O lo vamos intentando. Buscamos soluciones, y sólo encontramos más problemas. Ni siquiera nos podemos encontrar a nosotros mismos. ¿Qué es lo que nos lo impide? Quizá nada o quizá todo. Quizá ese cúmulo de sentimientos que, por cierto, sigue creciendo con el paso del tiempo. Y de repente, llega un día. Un día que no aguantas más. Un día en el que decides poner un punto y final, ojalá pudiese ser sólo una coma. Una coma para obtener …

Quizá sea lo más positivo que he escrito nunca.

Un año más. Y también uno menos. El tiempo va pasando, y echas la mirada atrás. Ya nada es igual. Ni siquiera tú. No nos damos cuenta de lo rápido que pasa todo. Se acabó. Es duro dejar atrás aquello a lo que estás acostumbrado. Nos duele. Nos duele porque nunca estamos preparados para decir adiós, ni siquiera un hasta luego. Porque eso significa dejar atrás los momentos vividos, dejarlos atrás y hacer que pasen a ser recuerdos, porque ya no se van a repetir más. Porque las cosas pasan una vez, cada momento es único, y no lo disfrutamos como tal. Creemos que algún día o alguna vez se repetirá, nos sentiremos igual de felices que cuando abrazamos a alguien por última vez, o cuando por fin llegó ese día en el que cumples tu sueño, sea cual sea. Nos duele recordar, asumir que eso que vivimos jamás volverá a pasar. Porque es la verdad, la realidad, y sí, la verdad duele. Quizá la nostalgia me invada, o no sé qué será, pero duele, duele dejar todo atrás, sin saber siquiera si alguna vez re…

Todo junto, volvió.

Como una puñalada en el corazón,
se clavaba poco a poco,
llegando hasta el último rincón,
pero doliendo,
sin parar nunca de hacerlo.
Intenté sacar el puñal,
la bala,
el dolor,
y sustituirlo,
por esperanza, alegría,
por algo.
Intentaba arrancármelo,
pero por más que lo intentaba,
no conseguía nada,
solamente más dolor,
más daño.
Pero lo conseguí,
el puñal,
la bala,
salió.
Pero el dolor no,
se quedó ahí,
es más,
se extendió,
por todo mi cuerpo,
por mí entera.
Dolía,
cada rincón al que llegaba,
dolía,
y no veas cuánto.
Pero había que hacer algo,
intenté arreglarlo,
unir cada pieza,
todas,
tardé.
Pasando el hilo por la aguja,
cosiendo,
sin parar de coser.
Pero llegaste tú otra vez,
y no veas qué pasó,
lo que dolió.
De repente,
el puñal,
la bala,
el dolor,
todo junto,
volvió.

Te vas tú.

Intento agarrarte la mano,
pero me la sueltas,
intento abrazarte,
pero te escapas.
Intento hacer que te quedes conmigo,
pero te vas.
Te vas,
y me dejas sola,
completamente sola,
sin nadie que llene este vacío,
un vacío que antes estaba lleno,
un hueco que antes estaba completo,
completo hasta el más mínimo rincón.
Pero las palabras ya están dichas,
y el daño ya está hecho,
un "adiós, me voy",
y sí, te fuiste,
y no veas cómo lo hiciste.
Me dejas sola,
otra vez,
con el cuerpo resquebrajado,
a punto de romperse,
de estallar.
Pero luego llegarás otra vez,
y con las sonrisas, la ilusión, la alegría, la felicidad,
me llenarás otra vez,
¿para qué?
Te volverás a ir,
como siempre.
Te vas,
pero no solamente te vas tú,
te vas tú,
y tus recuerdos,
te vas tú,
y la sonrisa que me sacas,
te vas tú,
y también me voy yo.

Palabras.

Imaginar,
llorar,
reír,
vivir.
Cantidad de verbos,
palabras,
los moldeamos,
les damos forma,
la que queramos,
cuando queramos.
Qué sería de nosotros,
sin las palabras,
y qué sería de las palabras,
sin nosotros.
Puedes escribir lo que quieras,
unirlas, pegarlas, juntarlas,
tal y como te parezca,
y ellas se encargarán,
de contar una historia,
una poesía,
o cualquier cosa.
Otros las leerán,
imaginarán,
llorarán,
reirán
y vivirán;
gracias a ellas.

Te ha tocado, perdón.

Vamos,
dame la mano,
agárrame,
con cuidado.
No tengas miedo,
no duele.
No me sueltes,
o no habremos hecho nada,
vamos,
ya falta poco.
Lo estás consiguiendo,
¿ves?
Ya llegamos,
venga,
termina,
no queda nada.
¡No!
¡No me sueltes!
Vaya,
ya lo has hecho.
Demasiado tarde,
pero se lo he avisado.
Ya ha vuelto a respirar,
a la vida,
y a mí me has dejado aquí,
con las manos vacías.
Y yo no puedo irme así,
tengo que llevarme a alguien,
deberías haber sido tú,
pero a ti ya no te puedo alcanzar.
A otro le tocará.
Lo siento.
Tu hijo sí que anda,
no me suelta,
le agarro del brazo,
me aprieta para no caerse,
me lo llevo a él.
Perdón.

Disfrutemos.

Mira el mar,
la marea,
las olas,
la luna,
la noche,
el atardecer,
el paisaje,
míralo bien,
y disfruta de él.Mira las olas,
cómo suben,
cómo bajan,
cómo arrastran todo,
y cómo algunas cosas,
las acaban devolviendo.Son bonitas, ¿verdad?
Con esa calma,
con esa tranquilidad.
Suben y bajan,
arrastran y devuelven,
no se cansan,
nunca paran.Centrémonos ahora en el Sol,
cómo se desvanece,
y cómo aparece,
siempre lo hace.
A veces más pronto,
y a veces más tarde.
Cómo nos ilumina,
cómo da la vida,
cómo brilla,
siempre brilla.Ahora va la Luna junto a las estrellas,
las principales en la noche,
lo único que miras,
sentada en el coche.
Preciosas, ¿verdad?
Cómo unas brillan más que otras.
¿Por qué será?Hay cada pequeño detalle en la naturaleza,
cada cosa que no apreciamos,
no lo hacemos,
total, ¿para qué?
Si siempre lo vemos, estamos acostumbrados.Es verdad, es mejor fijarse en una pantalla del móvil,
es mejor hacer otras tantas cosas, ¿verdad?Una pena que no disfrutemos de la vida,
una pena que…

Los recuerdos nos envuelven.

Las fotografías,
los sentimientos,
las alegrías,
¿no os parecen increíbles? Una fotografía,
clic,
capta un momento,
que jamás se volverá a repetir. Nostalgia sentirás,
cuando la veas,
cuando ya sólo recuerdes,
cuando no te quede nada. Una fotografía,
es mágica,
no capta los sentimientos,
pero vamos,
fíjate,
es sencillo de ver. Mira cómo se ríe,
mira sus ojos,
con lágrimas de alegría. Mírala,
están juntos,
riendo,
ella apoyada sobre su hombro,
viendo desaparecer el Sol,
el último de aquel verano. Ya acaba todo,
ella se marchaba,
y se tenían que despedir.
Y para siempre recordarse,
fotografía aquí, fotografía allí.
Clic, clic, clic. Y ahora ella las observa,
con una nostalgia enorme,
que la invade.
Porque los recuerdos nos matan,
y también, nos envuelven.

Supongamos que éramos felices, jóvenes, quién sabe.

Me decías:
espérame, ya llego,
y yo te esperé,
pero no te vi.Y te seguí esperando,
y lo sigo haciendo,
el café ya está frío,
y yo ya no siento nada,
simplemente, vacío.Fíjate, nos hemos ido consumiendo,
poco a poco,
sin darnos cuenta,
dejando pasar el tiempo,
teniendo a la muerte más cerca.El silencio inundaba la habitación,
ya no había risas,
ni lágrimas,
no había nada.¿Por qué?
Una persona nos llena tanto,
nos hace tan felices,
dependemos tanto de ella,
para que luego se vaya.Para que luego se vaya,
para que nos deje tirados,
como cualquier muñeco con el que ya no juega,
que ya está pasado.Como todo,
todo acaba pasando,
acaba acabando.
Y empezamos nuevas cosas.
Nuevas etapas.Y, sentimos miedo,
¿de qué?
No lo sabemos,
y tampoco lo haremos.Simplemente,
tememos a lo desconocido,
al qué será,
y al ojalá.Pero, sé sincero y dime:
¿no ha cambiado todo demasiado?
No darías lo que sea porque todo fuese como antes, ¿no?Bah, claro que no lo harías,
tú continúas con tu vida y yo,
mientras, esto…

Por escribir algo.

Envidio a los pájaros,
son libres, felices,
míralos,
se van donde quieren,
sin tener que viajar en avión.Ir de aquí a allí,
de Madrid a París,
y luego a Venecia,
a Roma,
o a Suecia.A donde sea,
qué más da,
contemplemos la luna juntos,
da igual.Seamos felices,
vamos, lo necesitamos,
mira a las estrellas y a la luna,
cómo se sentirán así de completas.Y, mientras nosotros,
aquí llorando.
Míranos, somos estúpidos.
No apreciamos nada,
ni incluso el tiempo.Parecerá absurdo,
pero el tiempo se nos escapa,
y no nos damos cuenta,
hasta que un día echas la vista atrás.¿Y qué observas entonces?
Tristes recuerdos ves,
de alguien que ya no eres.

Suéltame, o bueno, ya te soltaré yo.

Sigue sin mí,
continúa con tu vida,
es lo mejor,
vamos, tira.Todavía estás a tiempo,
no me he agarrado,
corre, vete,
vete o te agarraré.Y no,
es mejor que no te agarre,
mejor que no te hunda, ¿verdad?
Simplemente,
sería otra carga más.Estoy harta
de todo, de todos,
pero incluyéndome a mí también.¿Nada puede ir bien?
¿No puedo ser feliz?
Quiero disfrutar,
yo qué sé.Pero es que llevo demasiado tiempo intentándolo,
sonriendo, fingiendo tantas cosas,
y yo ya no puedo más.No, no aguanto más,
ni quiero,
ni puedo,
ni nada.

Ven, abrázame.

Ven,
abrázame,
dime que todo va a ir bien,
aunque sea mentira,
olvídate de eso,
y abrázame.Que me quieres,
que te importo,
o algo así,
yo qué sé.Que yo sí que te necesito,
aquí conmigo,
ayudándome a subir a la superficie,
pero, ¿a ti qué más te da?
Supongo que nada,
que te dará igual.Si es que soy imbécil,
me preocupo por personas
que, a veces,
ni se acuerdan de que existo.

Continúa volando.

¿Y si volamos?
¿Y si cogemos un avión y nos vamos de aquí para siempre?
Dejar todo ya
e irnos sin mirar atrás.Perdernos por el mundo,
ir de aquí a allá,
sin saber a dónde vamos,
sin saber qué hacemos;
solamente disfrutamos.Vamos, volemos,
riamos,
lloremos,
disfrutemos.En eso consiste la vida,
en ser feliz,
disfrutar,
reír y también llorar.Vamos a volar,
a olvidarnos de todo ya,
mira a esos pájaros,
cómo se van,
dejando todo atrás.Vámonos, sigue,
no te dejes caer,
sigue volando,
sigue batiendo las alas.Que ningún otro pájaro te empuje,
te golpee ni te arrastre,
y si lo hace,
continúa adelante.Porque tú puedes,
eres capaz,
vamos, lo sabes,
bate esas preciosas alas
cada vez más fuerte.Asciende hasta aspirar
la textura de las nubes,
mira hacia abajo,
cómo están el resto bajo tus pies
y te envidian por volar tan alto.Pero tú puedes y,
a pesar de todo,
continúa volando.

Nos aferramos a la vida,
como si de vida o muerte se tratase,
qué irónico,
ni que no lo hiciese.Nos da miedo el paso del tiempo,
a quién no,
es increíble como se esfuma todo,
aquello que un día existió.Al igual que el paso del tiempo,
nos aterra la muerte,
el qué habrá después,
es desconocido,
por lo que nos causa interés.Pero, seguimos aquí,
sufriendo con estos miedos,
tratando de vivir,
entre este mundo lleno de mierda,
sin ganas de seguir.No me mientas,
no me digas que las cosas no han cambiado,
que de lo que un día te reías,
ahora es por lo que has llorado.Porque el tiempo es efímero,
las cosas y las personas no van a volver,
fíjate bien,
cómo una fotografía,
es capaz de captar algo,
que jamás volverás a ver.Una pena que no apreciemos nada de lo que tenemos,
una lástima que seamos tan estúpidos,
¿nos daremos cuenta alguna vez?
Quién sabe.
Pero para entonces,
quizá ya sea demasiado tarde.

Olvida lo que te he pedido.

Y te escribe,
para no olvidarte,
para no dejarte atrás,
para recordarte alguna vez más.También ella se escribe,
a sí misma,
para tampoco olvidarse,
de quién fue.Aquella niña feliz,
que se divertía y siempre reía,
mira en quién se ha convertido,
en alguien fría y vacía.Y ya no hay nada que la llene,
nada que sea suficiente,
nada que la ayude a subir a la superficie,
a dejar de hundirse.Cógela de la mano ahora que todavía no es tarde,
tira hacia ti,
antes de que llegue a ahogarse.Bueno, ya nada.
Olvida lo que te he pedido
solamente ha sido otra chica,
consumida por el vacío.

Disfrutar, reír y también llorar.

Mira a aquellos pájaros,
qué alto vuelan,
sin importarles nada,
sin importarles lo bajo que puedan caer.Continúa mirándolos,
¿ves? Fíjate bien,
así deberíamos ser nosotros,
(remarcando bien: deberíamos).¿Por qué no lo somos?
Quizá seamos demasiado cobardes,
o estúpidos, o imperfectos;
o humanos.Deberíamos correr, reír,
disfrutar de cada momento que la vida nos da,
pero, no hacemos eso.
De hecho, todo lo contrario.Somos hipócritas,
falsos e idiotas.
Pero, con suerte,
hay unas pocas personas que,
merecen la pena.
(O quizá, eso creemos).Pero eso no quita que debamos disfrutar, reír y también llorar,
la vida no es preciosa,
pero sin embargo, es la cosa más valiosa.

Y lo preciosos que son los mares, qué.

Fíjate en el mar,
cómo llega hasta el horizonte,
y se esconde,
como un niño pequeño cuando ha hecho una trastada.Y quién sabe,
quizá lo sea,
o quizá no.Cuando está tranquilo,
juguetea con las olas,
haciendo que lleguen a la orilla,
pero que vuelvan hacia él,
que siempre vuelvan.Cuando está enfadado,
ya no juguetea con las olas,
las arroja contra los acantilados,
soltando su rabia contentida,
llevándose todo consigo.Y quizá sea un niño pequeño,
o quizá no,
quién sabe,
quién sabrá.

Algo así como disfrutar de la vida.

Viajar,
conocer cada rincón del mundo,
de cada país,
de cada ciudad.Me da igual por dónde empezar,
pero viajar,
ir de aquí a allá,
y de allá a aquí.Oh, París.
Mi querido París.
Eres tan bonito,
casi tanto como Madrid.Cada ciudad tiene sus cosas,
por ejemplo, París tiene la Torre Eiffel,
y Madrid, te tiene a ti.

Venecia, Roma, París, Suecia o Madrid.

Venecia,
Roma,
París,
Suecia
o Madrid.Los calles de Venecia,
llenas de agua,
o de lágrimas derramadas,
quién sabe nada,
quién sabrá.Los paseos por Roma,
el Vaticano,
cualquier paso,
allí te llevará,
porque por algo lo dicen,
todos los caminos, llevan a Roma.Las calles de París,
bonitas de luces presumen,
unas de colores,
otras de blanco y negro,
como las fotografías que nos hicimos,
aquel abril del noventa y tres.La nieve de Suecia,
que de auroras boreales presume,
todas las noches cuando el Sol se consume,
aparecen y bien bonitas lucen.Y, por último, Madrid.
Las calles y los paseos,
la Gran Vía,
da igual a lo que nos refiramos,
siempre será Madrid,
donde los recuerdos no se olvidan,
y uno puede ser feliz.

Los errores nos atormentan.

Mirando las horas pasar,
tic-tac, tic-tac,
el sonido de siempre,
nunca cambiará,
porque tiene una rutina y así será.Y con el reloj,
vamos nosotros,
rápidos o lentos,
pero con la rutina,
con lo mismo de siempre.¿Qué más nos da?
No tratamos de ir más allá,
de dejar de ser marionetas,
controladas por yo qué sé quién.
Nos da igual,
seguimos una línea recta;
que es siempre igual.El camino no varía,
y aunque lo hiciese,
seguiríamos por esa línea imaginaria,
tambaleándonos,
con miedo a la equivocación,
a dar un paso en falso,
y a dejar de ser controlados,
por yo qué sé quién.