Aquí ya era medianoche.

Aquí ya era medianoche,
pero a ella la daba igual, no la importaba,
seguiría escribiéndote.
Pero a ti eso también te daba igual,
ibas borracho perdido,
tambaleándote por las calles,
apoyándote por las paredes,
intentando encontrar a alguien como ella.
No sabías que no la encontrarías.
Y ella seguía escribiéndote,
al menos intentándolo.
El papel estaba a empezar mojado,
de tantas lágrimas,
lleno de tantos recuerdos.
Se derrumbaba sobre el papel,
y paró de escribir,
dejó la pluma sobre el escritorio,
y se levantó de la silla.
Mientras tú seguías sentado al lado del alcohol.
Ella se volvió a sentar,
cogió el papel, lo arrugó y lo tiró.
Por última vez.
Pero quizá eso no fuese suficiente, y decidió quemar todo.
Quemó todo, los recuerdos, los buenos y los malos momentos, te quemó a ti con ellos; como si nunca hubieses existido.
Ella te olvidó o lo intentó, como pudo.
Quemando fotografías, viéndolas arder y llorando con cada palabra, cada promesa que se consumía con ellas.
Se acabaron los hasta luego, eso era el definitivo adiós.

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