El mar y sus suaves olas.

El mar y sus suaves olas,
apenas rozaban la dulce orilla,
aunque sí que mojaban y empapaban mis pies, aquellos que iban de puntillas.
Poco a poco decidí meterme,
hundir la cabeza por debajo de él,
y abrir los ojos, ver cómo es todo en su oscuro fondo.
Salí a coger aire y me tumbé hacia arriba,
unas veces las olas me llevaban hacia dentro del mar y otras hacia la arenosa orilla.
Y por más que estuvieran cansadas de viajar, jamás pararían, siempre seguirían ese pausado compás, aquel que siempre tocaría.
Seguían moviéndose, unas veces más lentas y otras más rápidas, les daba igual la velocidad del movimiento, no se movían por el tiempo.
Ya era de noche y la Luna salía, el Sol ya se había ido, iluminando con sus últimos rayos del día.
Y por fin las estrellas y la Luna estaban en el cielo, iluminaban tanto como si fuera un sueño, y créeme que estuve en él, cuando la brisa empezó a acariciarme el pelo.

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