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Mostrando entradas de julio, 2017

Tus ojos marrones.

Tus ojos marrones me recordaban al otoño, cuando las hojas de miles de tonalidades ocres se deslizan haciendo diagonales infinitas hasta que caen al suelo. 
Cuando hablabas de algo que te entusiasmaba, brillaban más que nunca, y me recordaban a esos días en los que el Sol, con ganas de salir, aparece entre las nubes que colorean el cielo de un blanco grisáceo. Tus ojos eran especiales, de un color, no había ningún tipo de mezcla en ellos, pero eran únicos. 
Y yo, sin saber por qué, decidía embarcarme en un viaje sin brújula y sin mapas, decidía aventurarme a la locura, dejándome llevar por las ganas y el optimismo, y quizá por eso mismo, el viento siempre estaba de mi parte. El oleaje iba y venía, y yo con él. Y cuando el Sol se escondía de nuevo en el lejano horizonte, aparecía la noche y yo me encontraba mirando a tu negra pupila con una cantidad inmensa de destellos que tenían cierto parecido a las estrellas de todo el firmamento.
A treinta de julio, domingo.

Tormenta.

Escuchaba al viento aullar como un lobo lo hace a la luz de la Luna, que conseguía entrar a través de la ventana resquebrajada por la fuerza de la lluvia.
La tormenta llevaba ya horas y horas rugiendo con fuerza y no parecía que fuera a cesar en ningún momento.
Me daba miedo mirar por la ventana, no fuera a ser que los restos de cristales que todavía resistían estallaran sin previo aviso. Sin embargo, decidí mirar.
El mar cada vez rompía con más furia contra las rocas y el acantilado comenzaba a tener apariencia de abismo. Al principio se asomaban gotas de agua, pero, llegó un momento en el que esas gotas pasaron a ser innumerables cantidades de agua que amenazaban con llevarse todo lo que quisieran por delante. Y, ¿quién sería yo para impedírselo?
La única opción que conseguía barajar era la de dormir y esperar a que la tormenta se cansara de descargar toda esa energía sobre aquella ciudad. Aunque, ¿por qué debería dormir y perderme aquel espectáculo que me estaba regalando la natura…

Hablando de imposibles.

Sentirse pequeño ante el inmenso océano, bucear hasta el fondo sabiendo que estás perdido como una aguja en un pajar.
Aunque, más de una vez he escuchado eso de que si te pierdes, sólo mira dentro. Por una vez en mi vida, hago caso. Y miro.
Me quedo mirando un rato largo, no solamente echar una ojeada por encima, si no mirar con profundidad, casi tanta que me pierdo en mí misma. Quizá me atrevería a decir que era algo imposible, era como una cuestión de perderse y encontrarse continua, como un escondite que nunca acaba, como personas que aparecen en tu vida y te abren puertas que nunca habrías conseguido imaginar.
Quizá de eso trate la vida, de encontrarse y perderse miles y miles de veces, mientras el reloj corre y la libertad nos hace volar.
A once de julio, martes.