Tormenta.

Escuchaba al viento aullar como un lobo lo hace a la luz de la Luna, que conseguía entrar a través de la ventana resquebrajada por la fuerza de la lluvia.
La tormenta llevaba ya horas y horas rugiendo con fuerza y no parecía que fuera a cesar en ningún momento.
Me daba miedo mirar por la ventana, no fuera a ser que los restos de cristales que todavía resistían estallaran sin previo aviso. Sin embargo, decidí mirar.
El mar cada vez rompía con más furia contra las rocas y el acantilado comenzaba a tener apariencia de abismo. Al principio se asomaban gotas de agua, pero, llegó un momento en el que esas gotas pasaron a ser innumerables cantidades de agua que amenazaban con llevarse todo lo que quisieran por delante. Y, ¿quién sería yo para impedírselo?
La única opción que conseguía barajar era la de dormir y esperar a que la tormenta se cansara de descargar toda esa energía sobre aquella ciudad. Aunque, ¿por qué debería dormir y perderme aquel espectáculo que me estaba regalando la naturaleza? Y, entre que me decantaba por una opción y luego casi que prefería la otra, me quedé mirando al horizonte, a través de los cristales rotos de mi ventana, perdiéndome en cada una de las olas y encontrándome conmigo misma cuando llegaban y se deshacían contra las rocas.
A veinticinco de julio, martes.

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