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Mostrando entradas de diciembre, 2014

Vivir.

Ganas de vivir la vida, cada segundo de ella. Aprovecharlo y disfrutarlo al máximo hasta que llegue el siguiente y así volver a hacer lo mismo. Que el tiempo nunca se para porque nos permite disfrutar de cada segundo o milésima de segundo hasta que se agota y tenemos que hacer lo mismo con el próximo y con el otro y así sucesivamente con todos.
A veces, el tiempo se para y todo se detiene, pesa, cansancio permanente y sientes que no puedes más. No te rindas, que sólo ha sido una piedra en el camino, apártala o sáltala, pero no dejes que te estanque.
Disfrutar al máximo de todo, de los besos, de los abrazos, de las risas, de los detalles y sacar algo positivo siempre. Que no todo es malo, que hay que mirar hacia delante y jamás dejar de creer en uno mismo. Venga, tú puedes.
Levántate, cúrate las heridas y sigue andando. No te aseguro que las heridas dejen de doler y que no se vuelvan a abrir, tampoco puedo decirte que no te caerás, porque te estaría mintiendo. Pero sí te digo que jamás…

El mar y sus suaves olas.

El mar y sus suaves olas,
apenas rozaban la dulce orilla,
aunque sí que mojaban y empapaban mis pies, aquellos que iban de puntillas.
Poco a poco decidí meterme,
hundir la cabeza por debajo de él,
y abrir los ojos, ver cómo es todo en su oscuro fondo.
Salí a coger aire y me tumbé hacia arriba,
unas veces las olas me llevaban hacia dentro del mar y otras hacia la arenosa orilla.
Y por más que estuvieran cansadas de viajar, jamás pararían, siempre seguirían ese pausado compás, aquel que siempre tocaría.
Seguían moviéndose, unas veces más lentas y otras más rápidas, les daba igual la velocidad del movimiento, no se movían por el tiempo.
Ya era de noche y la Luna salía, el Sol ya se había ido, iluminando con sus últimos rayos del día.
Y por fin las estrellas y la Luna estaban en el cielo, iluminaban tanto como si fuera un sueño, y créeme que estuve en él, cuando la brisa empezó a acariciarme el pelo.

Sé como un pájaro.

A veces, cuando menos necesitamos determinadas cosas, vienen hacia nosotros y vuelven a aparecer.
Esos sentimientos que una vez decidimos echar y que han vuelto, que han vuelto y con más fuerza de la que se fueron. Vuelven para quedarse, pero yo quiero que se vayan.
El miedo llega y atrapa al alma, la envuelve, la da calor y también frío. Pero la acoge y la mece en las noches más oscuras, en esas noches en las que la Luna ni siquiera tiene fuerza para brillar.
El miedo llegó y nos atrapó, colocó bien su jaula de manera que así no pudiésemos salir de ella. Cerró bien la puerta.
Aun así, podíamos ver a través de los barrotes, aunque no sé si era mejor mirar o no hacerlo. No sé si era mejor observar y contemplar cómo todo se desvanecía y nosotros sin poder hacer nada, estando atrapados en esa jaula de la que no había salida.
Nos tenía cada vez más atrapados, la jaula iba siendo más pequeña y nos costaba más seguir.
El miedo nos mantenía cada vez más presos a medida que él era más libre.

Y qué.

Y qué si el viento me sopla en la cara y me enreda el pelo,
y qué si me tropiezo una y otra vez siempre volviendo a caer,
y qué si tantas cosas que no sabría decir todas.
Pero qué más da eso ahora, porque en un momento sí que dio, sí que me importó.
Sí que tuve miedo, miedo de no sé qué, miedo que al fin alejé.
Lo alejé de mí porque acaba destrozándome, desgarrándome, y no podía seguir así.
No podía seguir así, había aguantado demasiado y eso ya no era vivir.
No era vivir pero tampoco morir, desagradable intermedio, como entre el blanco y el negro, siempre ese feo gris.
Ese feo gris que a veces vamos buscando y otras lo despreciamos, nadie sabe por qué, quizá porque siempre queremos lo que nunca tenemos.
En realidad no lo sé, tampoco sé por qué escribo esto, ni por qué me maquillaré mañana; supongo que porque me apetece, y porque oye, típica frase, pero carpe diem.
Carpe diem, en tantas bocas, tantas bocas que la repiten una y otra vez, tantas que cansan ya.
Pero yo no lo hago tanto a…

Aquí ya era medianoche.

Aquí ya era medianoche,
pero a ella la daba igual, no la importaba,
seguiría escribiéndote.
Pero a ti eso también te daba igual,
ibas borracho perdido,
tambaleándote por las calles,
apoyándote por las paredes,
intentando encontrar a alguien como ella.
No sabías que no la encontrarías.
Y ella seguía escribiéndote,
al menos intentándolo.
El papel estaba a empezar mojado,
de tantas lágrimas,
lleno de tantos recuerdos.
Se derrumbaba sobre el papel,
y paró de escribir,
dejó la pluma sobre el escritorio,
y se levantó de la silla.
Mientras tú seguías sentado al lado del alcohol.
Ella se volvió a sentar,
cogió el papel, lo arrugó y lo tiró.
Por última vez.
Pero quizá eso no fuese suficiente, y decidió quemar todo.
Quemó todo, los recuerdos, los buenos y los malos momentos, te quemó a ti con ellos; como si nunca hubieses existido.
Ella te olvidó o lo intentó, como pudo.
Quemando fotografías, viéndolas arder y llorando con cada palabra, cada promesa que se consumía con ellas.
Se acabaron los …