Y qué.

Y qué si el viento me sopla en la cara y me enreda el pelo,
y qué si me tropiezo una y otra vez siempre volviendo a caer,
y qué si tantas cosas que no sabría decir todas.
Pero qué más da eso ahora, porque en un momento sí que dio, sí que me importó.
Sí que tuve miedo, miedo de no sé qué, miedo que al fin alejé.
Lo alejé de mí porque acaba destrozándome, desgarrándome, y no podía seguir así.
No podía seguir así, había aguantado demasiado y eso ya no era vivir.
No era vivir pero tampoco morir, desagradable intermedio, como entre el blanco y el negro, siempre ese feo gris.
Ese feo gris que a veces vamos buscando y otras lo despreciamos, nadie sabe por qué, quizá porque siempre queremos lo que nunca tenemos.
En realidad no lo sé, tampoco sé por qué escribo esto, ni por qué me maquillaré mañana; supongo que porque me apetece, y porque oye, típica frase, pero carpe diem.
Carpe diem, en tantas bocas, tantas bocas que la repiten una y otra vez, tantas que cansan ya.
Pero yo no lo hago tanto aunque quizá últimamente sí.
No sé por qué, quizá porque tú has llegado hasta aquí, hasta mí.

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