Girar y girar.

Tengo los sueños muy altos y no quieren bajar. Se quedan por ahí, flotando, como nubes blancas en un cielo azulado.
Cada vez suben más y decidí hacerlo con ellos, subir hasta un punto. Un límite. Qué digo, si no había. Continuemos subiendo.
Subí tanto que ni me acuerdo, que perdí la noción del tiempo, que se me fue, que mi reloj no marcaba hora, que se había olvidado de mover las agujas para seguir sonando con su tictac.
Estaban como caídas al fondo del reloj, apelotonadas las unas sobre las otras, cansadas de girar y girar, de dar vueltas sin parar. Al final acaban mareadas.
Ese instante, en el que el tiempo se había detenido, ahí es cuando uno se sentía infinito.
A ya veintitrés de abril.

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