No sé muy bien qué título poner.

Es increíble cómo la ilusión nos ciega, una banda que no nos deja ver nada y teníamos que orientarnos sin vista. Nos dejábamos llevar por los impulsos, por lo primero que se nos pasaba por la cabeza, por la alegría de un momento, por esa subida de adrenalina en ese instante, por esa carcajada que nunca queríamos que acabara, por ese segundo (por un tiempo) infinito. Así nos sentíamos. Infinitos, llenos, a rebosar, tanto, que soltábamos optimismo a cada puerta que abríamos.
No me digas que no es maravilloso sentirte capaz de cualquier cosa, creer en ti mismo, vivir la vida.
Quizá nuestro problema era darle tantas vueltas a las cosas. Al final nos mareamos, por idiotas.
Vive sin preguntarte el sentido de todo, simplemente, dáselo tú. Baila aunque te mire cualquiera, sonríe hasta que los hoyuelos te duelan, sé tu mismo y dalo todo. Al fin y al cabo, era bonito compartir con los tuyos esa alegría que te llenaba por dentro.
A siete de abril, jueves.

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