Luz.

Seamos luz, alumbremos casi más que las farolas que encontramos a nuestro paso en los barrios de Madrid cuando la noche está sobre nosotros y brillemos por nosotros mismos incluso más que el Sol.
Muchos pensarán que esa luz se encuentra escondida en algún recoveco del alma, pero, yo les contradigo y creo que se transmite más fácil de lo que creemos: con una simple mirada en la que dos pares de ojos, cada cual con su retina y pupila se encuentran y niegan a apartarse.
Quizá de ahí que se escuche en las barras de los bares que no es muy difícil perderse en las miradas, bucear hasta el fondo y encontrar tesoros que hasta ese momento nadie había descubierto.
Otros tantos preferirán guardarse esa luz para ellos mismos, para brillar más que nadie en esos días en los que el cielo se encapota y las nubes predominan allí arriba. Pero, si os soy sincera, nada como compartir este brillo único que todos tenemos y regalarlo sin pedir nada a cambio.
A veintisiete de noviembre, domingo.

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