Intrahistoria y pequeños recuerdos.

Estoy sentada y poco a poco siento como la atracción se balancea en el aire. Decido quitarme las zapatillas aunque el nudo de los cordones está bien fuerte. Quiero sentir ese cosquilleo del viento en la planta del pie.
Unos segundos más tarde, ya estamos desafiando a la gravedad como unos locos, estamos girando en el aire, subiendo y después bajando, como si nada nos retuviera en el suelo, como si en ese momento fuéramos capaces de absolutamente todo. Quería subir cada vez más alto, hasta el punto en el que casi damos la vuelta, sentía cada pálpito en la garganta a la vez que me reía y gritaba a más no poder. Sentía cómo ese cosquilleo me bailaba en el estómago, no quería que parara, quería subir todavía más.
Esa sensación en la que te sientes libre, como si no necesitaras alas para volar, como si los pulmones no fueran necesarios para respirar, como si pudieras chillar sin nunca quedarte afónico, como si el mundo entero te escuchase solo por un momento.
Sé que hay gente dispuesta a hacer que ese cosquilleo, que esa atracción, que ese momento, nunca pare, que sea infinito, para siempre, que nunca muera, que se quede en el recuerdo. Que nunca se pierda.
El recuerdo era tan frágil como un cristal y se iba tan rápido como el humo de cualquier tren antiguo, pero qué bonito es dejarse envolver por ellos, abrir esa caja cerrada hace diez años y escuchar la música del 2006, con el jabón que siempre usaba tu abuela y la colonia que siempre se echaba en los domingos. Los recuerdos son como un abrigo en los días que más frío hace. Y por eso, nunca hay que perderlos, quédatelos contigo, que son de lo más valioso.
A diecinueve de mayo.

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