Cada uno es de sí mismo.

Tú no eres mío, ni yo soy tuya. Yo soy mía y de nadie más.
No sé en qué momento empezamos a atribuirnos personas, como si acaso fueran nuestras.
¿Desde cuándo alguien se define por su trabajo o por la carrera que está estudiando? Sinceramente, nos quedamos en la superficie, como si cada uno de nosotros fuéramos un océano entero y nos diera miedo sumergirnos hasta el fondo. Aunque, realmente, era ahí donde se escondían los mejores tesoros.
Rodéate de quien sea capaz de aguantar tanto el aire como para conocerte hasta lo más profundo de ti, de quien no se conforme con quedarse arriba del todo.
Sin embargo, había gente que era un pequeño riachuelo y otros que dentro de sí encerraban un mundo entero, un planeta con todo lo que eso llevaba, con su cielo lleno de estrellas que se reflejaban de vez en cuando en el brillo de los ojos.
Hay que saber apreciar los matices, saber diferenciar entre ese pequeño río que apenas llenaba todo el océano que tú eras por dentro. Cada uno tiene que saber lo que es capaz de encontrar y con lo que puede quedarse.
A 27 de marzo, domingo.

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