Un pájaro virtual.

Todavía me acuerdo de cuando era pequeña e iba al acogedor salón de casa, encendía el viejo ordenador y esperaba.
Esperaba a que esa antigua máquina se pusiera en marcha y así poder iniciar sesión.
Ya no me acuerdo ni del usuario y mucho menos de la contraseña, pero sí me acuerdo de aquella espera, corta, pero que a mí se me hacía eterna.
Como cada vez que la pantalla empezaba a funcionar, saltaban miles de ventanas, supongo que algunas de publicidad, del antivirus también; quizá.
Unos minutos más tarde, doble clic, el navegador se preparaba para comenzar con la búsqueda: minijuegos.com
Me acuerdo lo bien que me lo pasaba, miles de juegos, de todo tipo: acción, carreras, peinados, ropa; cualquiera que pudieras soñar, por ahí debía de estar.
Pero sobre todo me acuerdo de uno en concreto, era absurdo, pero me encantaba el hecho de poder subir tan alto como los edificios, volar tan lejos como quisiera, cielo nublado y volando, volando.
El objetivo del juego en sí no consistía en eso, ni mucho menos. El propósito era que tenías que conseguir un récord, por supuesto, cómo no.
Pero a mí eso me daba igual, yo solo quería controlar a un pájaro virtual en un videojuego de internet para así poder hacerme la idea de lo que más o menos uno vería al subir hasta donde la mirada alcanza, atravesando las nubes, mirando justo al borde del edificio más alto de la ciudad.
Mirar y saltar.
Saltar sabiendo que justo en el último instante podrás volver a subir tan alto como desees.
Solo era cuestión de batir tus propias alas y surcar los cielos.

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