Último mes del año.

Me despierto y decido mirar por la ventana.
Veía las hojas revolotear entre ellas, unas más oscuras y otras más claras.
Unas marrones y todavía había algunas verdes.
Abro la ventana y una corriente de aire helado me choca en la cara y hace que los labios se me corten.
El aire entró y recorrió cada esquina de la habitación, llegó hasta cada rincón más profundo.
Me toqué las mejillas, las tenía frías.
Mis dedos empezaban a temblar un poco, a veces unos con otros y en otras ocasiones contra el marco blanco de la ventana en el que estaba apoyada.
Miro el gran reloj que había al fondo de la habitación, marcaba las 9:31.
Bastante pronto para lo que solía ser normal en un día de vacaciones como el que era hoy.
Mire al cielo y estaba gris. Pero nada de eso hacía que fuese menos bonito, todo lo contrario, por algo será que se dice que hay que encontrar el intermedio, que ni un impecable blanco ni un desastroso negro. Que tiene que haber algo entre medias de tanto extremo: gris.
Un tono grisáceo era el que se percibía, de este a oeste y de norte a sur.
Quizá había alguna nube más blanca y no tan grisácea, y otra más negra que se escondía de las demás porque no quería ser vista; porque se sentía diferente.
El aire me desvió de mis pensamientos, sinceramente no me acuerdo demasiado bien en qué pensaba en ese frío día de diciembre, quizá era algo parecido a todo esto que estoy escribiendo.
Quizá algo diferente.
No sé, lo único es que aquí quedan ya los recuerdos de aquel pálido, grisáceo y seguramente lluvioso día del último mes del año.

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