Párate a escuchar.

Hay veces en las que hay algo dentro, al fondo, en lo más profundo.
Sabes que está ahí, que quieres sacarlo, pero quizá todavía era un bebé al que le costaba encontrar el camino, al que todavía no le habían enseñado bien a gatear.
Quizá la frustración empieza a recorrerte, solo un poco, a medias, no entero.
Respiras hondo.
Aunque cueste admitirlo, no sirve demasiado.
Sin embargo, vuelves a hacerlo.
Estás deseando soltar todo aquello, pero no sabías cómo ordenarlo para que saliera formando una fila en vez de que al intentar salir todos de golpe, se quedaran en la puerta apelotonados.
Seguían ahí, atrancados.
Las palabras no sabía en qué orden ponerlas, pero, ¿y el tema?
Quizá le estaba dando demasiadas vueltas.
Hasta que de repente, suena una suave melodía, baja, apenas puedo distinguirla con el ruido del mundo, pero comienzo a escucharla mejor a medida que los segundos pasan.
No sé qué tenía, era tranquila e incluso quizá un poco tímida.
Pero sigue, sonando, de vez en cuando los dedos se confundían de tecla, de tiempo.
Un si en vez de un la, o un sostenido en vez de un bemol, una negra en vez de una corchea.
Y otra vez, vuelta a empezar.
Una, dos, tres, cuatro, tantos intentos como fueran necesarios.
Quizá costara al principio, pero merecía la pena todo el esfuerzo, todas esas horas, escuchar la canción mientras tarareabas en voz baja la letra, subir hasta la cima para ver la montaña entera.
Sudor, lágrimas y quizá una puntilla de desesperación en algunos momentos, pero todo eso no será en vano.
Vamos, termínalo, no lo dejes a la mitad, completa el puzzle con esa pieza que falta.

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