Rincones.

Pero, ¡qué bonito es perderse por los rincones escondidos de alguna que otra capital!
Esa maravillosa sensación de pasear por los parques, de tumbarse a la sombra a contemplar el día a día de los demás, de imaginar su historia, de pensar sus nombres, de agarrarme a alguna que otra farola y girar y girar mientras la Luna brilla allí arriba.
Era casi de noche y las luces ya estaban encendidas. No me dio tiempo a calcular cuántas había en aquel paseo, aunque, sinceramente, tampoco tenía intención de hacerlo. No hacía mucho frío, unos vaqueros y un jersey. De repente, el aire se levanta con fuerza y comienza a revolotearme el pelo, a jugar con él, mareándolo de un lado para otro. Se va a enredar, y mucho, pero, en ese momento, me daba igual.
Sonrío.
Porque sí.
¿Por qué no?
Tenía motivos suficientes como para disfrutar del momento y poder perderme en el recuerdo que ya estaba prácticamente creado.
A diecinueve de septiembre, lunes.

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