¿Y qué título era el apropiado?

¡Y qué bonito es el cielo nocturno!
Tumbarse y mirar hacia arriba, ver cómo está prácticamente negro, a excepción de esos pequeños destellos de luz que llamábamos estrellas. O, de cómo ese satélite que movía las olas de los océanos a su antojo, intentaba quitarles protagonismo en las noches en las que estaba llena.
No hay silencio completo, hay algún que otro grillo haciendo de sus sonidos de fondo. Aunque, a nosotros, parecía que nos daba miedo el silencio, como si al dejarnos a solas con nosotros mismos, quisiéramos evitar pensar. Evitar utilizar el cerebro, o el alma, o la parte que sea para ir más allá, para no quedarnos en la superficie de la vida, para sentirla hasta el fondo, bucear hasta lo más hondo de la piscina, tocar los azulejos y salir a la superficie. Sentir cómo, con el paso del tiempo, todo vuelve a su sitio, se coloca donde siempre ha debido estar. Cómo justo suena la canción que debía en el instante preciso, cómo de repente te das cuenta de a cuánta gente tienes alrededor a pesar de los baches, a pesar de todo.
Hoy he leído un libro que hablaba sobre las emociones, sobre cómo debíamos zambullirnos en ellas, sin miedo, tirarnos de cabeza, sentirlas por completo. Y, después de saber cómo se siente, cómo es, soltarla. Decían justamente la palabra "desligarte". Porque, al fin y al cabo, es verdad, no podemos estar atados siempre a la tristeza, ni a la felicidad (por mucho que nos pese), ni a la soledad, ni en general a cualquier sentimiento.
A veces, vienen veinte de golpe y, sin embargo otras, sientes que no viene nada. Y, personalmente, creo que eso no puede permitirse. Estamos hechos para pensar, por supuesto, pero, desde luego que también para sentir. ¿Qué diferencia tendríamos con las máquinas si nos quitasen los sentimientos? Prácticamente ninguna.
No seas una máquina, sé un humano, con todo lo que ello implica, pero, sé tú, crea lazos que te aporten un Norte y que jamás permitan que te pierdas. Encuentra tu camino entre tantos pasos que puedas ver, sigue los que consideres necesarios, pero, principalmente, disfruta del paseo y de la naturaleza que por todos lados nos rodea.
Cuando te apetezca, mira hacia arriba y, si quieres, túmbate en pleno suelo a observar ese cielo nocturno del que te hablaba al principio.
A ya dieciséis de agosto, martes.
(En honor de Morrie, éramos personas de martes. Gracias Mitch Albom por tu libro).

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