Siete.

Qué bonito es descubrir esa canción que te susurra al oído y te llega hasta el corazón, te lo acaricia suavemente y la letra corre por tu interior.
Esa canción que sabes que es la canción. Sea por lo que sea. Quizá por el momento que te trae a la memoria o por quién se te viene a la cabeza o simplemente porque describe tus sentimientos como tú nunca podrías hacerlo.
Hay tantas canciones en este mundo que merecen la pena y que quizá nunca escuchemos, tantas series, tantas películas que nos puedan cambiar la vida; y ya dejando de lado las cosas materiales, pasa lo mismo con las personas. Nunca entenderé cómo somos capaces de destrozarnos por dentro con tanta brutalidad cuando todos somos iguales, cómo dejamos que la rabia nos inunde, llegando hasta el rincón más profundo y cegándonos por completo.
Quizá deberíamos dejar paso al optimismo, alegría, amor, paciencia, cariño, paz, pero, somos seres humanos y los fallos van implícitos con nosotros. Y, a pesar de eso, el perdón nos cuesta más de lo que creemos.
Tengo ganas de gritar al mundo, de cambiarlo, de que nos demos cuenta que nos estamos destruyendo a velocidades que producen vértigo. Digo que quiero gritar, para ver si así no hay oídos que se hagan los sordos aunque quizá el mejor método era susurrar a quienes más cerca estaban como hacía esa canción de la que hablaba al principio.
Tears in heaven - Eric Clapton.
A siete de agosto, domingo.

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