Colores, lunas y soles.

¿Cómo una no va a sentirse pequeña ante la inmensidad de la Tierra?
Digo Tierra por hablar únicamente de nuestro planeta, olvidando el resto de astros que completan nuestro sistema solar, ya sean estrellas, satélites u otros planetas como Saturno o Júpiter.
El Sol teñía el cielo de un naranja que era imposible pasarlo por alto, se escondía, tímido, cansado, justo al fondo del océano, cuando mirabas al horizonte.
El océano.
La cantidad de vida que hay dentro de él, la cantidad de flora, de fauna, de cartas embotelladas de algún soñador que nunca supo cómo construir un mundo nuevo.
Pero, dejando de lado las olas y su vaivén repitiéndose en un compás en el que la melodía de fondo la componía la Luna, ¿qué hacíamos que no mirábamos continuamente hacia todos los lados para no perdernos ni un solo detalle que la naturaleza nos ofrecía?
El atardecer termina y llega la noche, el cielo opta por colorearse de colores más oscuros, azules casi negros. Las estrellas aparecen e iluminan cualquier sonrisa de aquellos que confiaban en que cada una de ellas sería algún ser querido que nos miraba con cariño desde allí arriba. La Luna, que hoy estaba casi llena, reluce por todo lo alto.
Sin embargo, la noche pasa, y, el Sol, con toda la fuerza que uno podía imaginar, sale de nuevo. Y, a pesar de ello, la Luna sigue ahí, ahora quizá más vergonzosa.
¿Nunca habéis oído eso de que la Luna y el Sol son dos amantes condenados a nunca estar juntos? Y, que, solamente, cada mucho tiempo, en los eclipses, podían rozarse, sintiéndose unidos para siempre. Aunque, al poco tiempo volvían a separarse, para que llegara el día y, más tarde, la noche.
A veintiuno de agosto, domingo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Miradas con sabores dulces.

Tormenta.

Palabras que vuelan y me llevan a lo más alto.