Mares, océanos, cielos.

Un mar lleno de recuerdos, lleno de momentos en los que puedes sumergirte hasta el fondo y descubrir el tesoro que guarda cada uno de ellos.
Nadar hasta lo más hondo y recordar la sensación que teníamos en ese momento. La imagen está aquí, sujeta con mi dedo pulgar y el índice pero no ha guardado la risa ni la alegría del momento, eso solamente me lo he quedado yo, para mí. Sin embargo, de vez en cuando y de cuando en vez, hablamos de ese día frío de febrero, de cómo la nieve nos llegaba hasta casi las rodillas y apenas podíamos movernos. Del muñeco, de cuando nos tumbábamos a mover los brazos y las piernas al mismo tiempo haciendo la silueta de un ángel.
Navegar por los recuerdos, a veces se hacen olas tan grandes que destrozan el barco y hace que perdamos el rumbo. Otras tantas el barco se hunde de todo lo que pesa la tristeza y que nos impide salir a flote. Pero siempre había una manera de encontrar de nuevo el Norte a pesar de que solíamos viajar sin él, perdiéndonos y sin hacer caso a la brújula.
En otros instantes preferíamos saltar por la borda y flotar por nosotros mismos, sentir el vaivén por nuestro cuerpo notando la sal en los labios. Mirar hacia el cielo nocturno, viendo cómo brillan las estrellas aunque esa noche era de la Luna, solamente ella era la protagonista, sobre saliendo por encima de cualquiera, sin nubes de algodón que la escondieran y reflejándose a sus anchas en el océano.
De vez en cuando hay que dejarse de futuros y permitir que los recuerdos nos mojen los pies y sumergirnos hasta el fondo en un caluroso día de verano.
A quince de junio, miércoles.

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