Calma. De repente tormenta.

Me adentraba en el mar, las olas, la orilla, la arenilla colándose por los pequeños huecos que había entre mis dedos.
Todo era calma, tranquilidad.
Se podía ver incluso el horizonte, el Sol yéndose ya, poco a poco, despacio. Dejándonos disfrutar de él, otro rato más. Ni todos los días de nuestra vida eran suficientes para poder entender cómo se juntaban el Sol y el mar, al horizonte, al final del camino, una línea torcida pero no mal escrita, simplemente no era recta.
Todo era calma, hasta que llegaste tú. Llegaste y el mar empezó a embravecerse, mi corazón a acelerarse, las olas empezaron a coger fuerza y el agua nos mojaba hasta casi las rodillas. Qué manía tenías de que incluso en los peores momentos todo pareciera absurdo, como una simple y estúpida piedra en el camino, sólo otra más, decías. Entre risas y miradas no me daba cuenta de que ya no se veía el Sol, de que se había ido por completo. Y de repente, te lanzaste, un roce suave y corto hasta que me coges la mano, me la agarras y pienso que jamás te soltaría. Entonces el mar termina por venir con una ola enorme, tanto, que nos coge desprevenidos y no nos queda otra que sumergirnos en ella. Damos vueltas y volvemos a girar, pero sigo apretándote la mano, no pensaba soltártela, me sentía segura.
Poco después, el mar volvió a la calma y volvimos a respirar, a la arena mojada, a la orilla. La tormenta había acabado, pero claro que vendrían más. Pero al final miramos al cielo y estaba lleno de estrellas, unas más fuertes, brillaban con más ganas, mientras que otras más débiles, parecía que se iban a ir. Pero allí estaban, brillando para nosotros, quizá no, pero era más bonito pensar eso.
A veces la tormenta reina en nuestras vidas y otras lo hace la calma, pero allí está esa mano, que te saca, que te ayuda, que te aprieta, que te hace respirar, que te hace seguir, que te hace vivir. Ahí está, sólo tienes que buscarla y la encontrarás.

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