18:43.

Eran las 18:43 según mi reloj digital. No paraba de mirarlo, cada segundo y el pie no podía estarse quieto ni un momento. Esa sonrisilla de los nervios antes de verte. Y esos escalofríos que me recorrían todo el cuerpo. No me digas que es lo habitual que te pasa cuando ves a alguien corriente para ti.
Mientras, mi mente estaba en otro sitio. Dejaba vía libre a mis pensamientos y no veas cómo volaban. Volaban hasta lo más alto, como si nunca fuera suficiente arriba, como auténticos pájaros. No se cansaban y seguían subiendo, subiendo hasta que las vistas eran lo suficientemente buenas. El mar al fondo con el oleaje calmado (claro que no podía ser de otra manera). Y el Sol estaba escondiéndose iluminándome con sus últimos rayos (cómo deseaba que fuera un iluminándonos dentro de poco). Ese poco llegó antes de que me lo esperara. Una mano rozó la mía y ahí estabas tú. Con tu impecable sonrisa tan pícara que siempre tenías. No podía ser de otra manera. Tenía miedo de hacer algo mal, de pasarme de la raya o quizá ni rozarla. Le estaba dando demasiadas vueltas. Y de repente, el giro inesperado. Me agarraste la mano y empezaste a correr. Juro que nunca se me había acelerado tanto el corazón. Bueno, ni el corazón ni el cuerpo entero. Esa tensión que me recorría cada centímetro. Pero buena tensión. Felicidad, adrenalina, a tope. Volúmenes completamente subidos que no tenían pensado pararse a bajar. Yo tampoco tenía pensado pararme a pesar qué estaba haciendo, por qué estaba corriendo. Sólo decidí empezar a disfrutar del momento, reírme y no parar de hacerlo.

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