Y, aun así, siguen bailando.

Todos los días nos acostamos viendo cosas tanto terribles como maravillosas.
Un huracán.
Haití sufriendo otra vez.
Más de 900 muertos.
Destrozos.
Pérdidas.
Lágrimas.
Tristeza.
Desesperación.
Injusticia.
Una niña bailando sin música, sin banda sonora, sin auriculares, bailando por encima de los escombros, del miedo, de la poca esperanza que puede quedar en su corazón. En ese momento, no le importaba el no tener casa, la posibilidad de poder haber perdido a un miembro familiar, el poder haberse roto un hueso sin siquiera tener un médico que se lo arregle.
Sin comida.
Sin agua potable.
Sin casa.
Y, aun así, sigue bailando. Sigue bailando porque ella es capaz de imaginarse una melodía en su cabeza a medida que una sonrisa se pinta en sus labios cuando saca a su hermano pequeño a moverse también, quizá para evitar que se hunda mirando todo lo que el huracán se ha llevado.
¿Qué tal si aprendemos a ser un poco más así? Si nos olvidamos de la música, de las canciones y de todo aquello material y ponemos por delante a la humanidad que, poco a poco, nos estamos quedando sin ella, y qué lástima, eso ni las mejores tiendas lo venden. 
Seamos más humanos.
Nada me da más pena que me digan que pienso esto por ser joven, hagamos ver que están equivocados, que no hay utopías, que el mundo tiene arreglo, que nosotros tenemos la solución cerca, solo es cuestión de buscar un poco más. 
No puede ser tan complicado.
A modo de queja, 10 de octubre.

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