Que los sueños vuelen y hazlo tú también con ellos.

Y qué bonito perderse, encontrarse, cuenta atrás desde diez y salir a buscarse.
Ir mirando detrás de cada tronco, intentando no hacer demasiado ruido aunque con todas las hojas por el suelo era prácticamente imposible.
Mira hacia arriba, hasta la última rama de cualquier árbol, casi ya desnudo del todo por la llegada del otoño. Sin embargo, las tonalidades ocres me rodean, se cuelan por mi iris marrón sin discreción alguna hasta que puedo sentirlos por cualquiera de los sentidos.
Tocar colores, respirar sensaciones y mirar lo invisible. Quizá los verbos no vayan del todo acorde a las palabras siguientes o quizá era que nosotros nos limitábamos demasiado. Poníamos impedimentos: los colores únicamente se ven, las sensaciones solamente se sienten (viva la redundancia) y lo concreto es lo que se puede tocar.
¡Cuán equivocados estábamos!
¿Acaso un color no transmite sensaciones? ¿Acaso no puede traerte a la memoria que, justo esa tonalidad era el color del vestido de los miércoles de cine? ¿O que aquel verde simbolizaba la esperanza que siempre te negabas a perder? ¿Acaso vas a negarme que todo esto es real?
¿Acaso no podemos inspirar tranquilidad, transmitir buenas vibraciones con un simple gesto, con una sonrisa?
Quizá debamos dar rienda suelta a la imaginación, a la creatividad, dejemos paso a los sueños en vez de encerrarlos en jaulas donde no pueden volar.
¿Ves? Como decía al principio, me he perdido. Pero, aquí estoy, encontrándome una y otra vez en este treinta de octubre paseando por aquel bosque de tonos ocres y marrones del que hablaba antes.
A treinta de octubre, domingo.

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