Recorrer libremente los caminos de la vida.

Libre, como las palabras sueltas en el viento, volando tan alto como los pájaros, llegando tan lejos como las nubes, que suben y suben.
No parar de hacerlo.
Pero en algún momento tendremos que caer, quién sabe dónde aterrizaremos, ¿pero no eran acaso esa incertidumbre y esa duda las que nos mantenían vivos? La inestabilidad, fíjate qué ironía, nos mantenía a flote.
Quizá tenía que ser así, si no, ¿qué gracia tendría vivir sabiendo lo que va a pasar? Lo bonito es tener esa libertad para tomar decisiones, poder tener miles de opciones, escoger esto o no, mejor lo otro. (Ojo, las consecuencias también eran importantes). Pero así era, es y será la vida, un camino lleno de piedras, con miles de direcciones, donde no teníamos ni brújulas ni mapas, donde podíamos perdernos hasta volvernos locos, y también hasta estar completamente cuerdos.

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