Océanos llenos para nadar en ellos.

No eran los ojos, era tu mirada.
Un océano lleno de dudas, me sumergía en él, hasta el fondo y ahí me perdía. Pero fíjate, que estaba debajo del mar y no me ahogaba.
Recorrí cada milímetro que existía por ahí, nadé y seguí nadando; todavía quedaba algo que encontrar.
Y de repente, sin darme cuenta, ya lo tenía. Justo ahí, delante de mis narices. La ilusión me hizo avanzar, despacio, nadando, poco a poco, y cuando lo iba a rozar, se fue.
Quizá no fuera algo malo que hubiera desaparecido, solamente allí estaba yo, otra vez, dentro de mí. Y a pesar de haberlo tenido justo delante, no quería volver a ir en su búsqueda, tendría que aparecer cuando tuviera que hacerlo.
Quizá en un momento, quizá en otro.
Mañana tal vez, o pasado, quién sabe.
Pero eso nos mantenía vivos, ¿cuándo te alcanzaré?
Era difícil, se escapaba de tus manos como lo hace el jabón y dura tan poco como el latido del corazón.
Rápido, lo tienes, rápido, se ha ido.
Así, continuamente. Pero eso nos hace disfrutarlo, aprovechar cuando podemos porque quizá en el siguiente segundo no podamos.
Vamos, no lo atrapes, simplemente deja que te llene, que te pierdas y que te encuentres.

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