La música se había parado.

A veces todo lo que uno necesita es querer bailar y tener la música de fondo.
Ya sea una suave melodía al piano o cualquier otra cosa.
Lo bonito era dejarse llevar, sentir el corazón latiendo casi al mismo compás que la música que tus oídos escuchaban.
Estaba todo conectado, como en perfecta armonía, todos los hilos conectados y el puzzle completo, entero.
De vez en cuando la música suena tan baja que ni siquiera la escuchamos, pero, ¿acaso no había momentos en los que todas las palabras sobraban? Esos instantes de silencio en el que dos inocentes miradas se encontraban.
Y ahí estábamos, sentados en el césped en una noche estrellada y contemplando la inmensidad  que teníamos delante.
Tanto cielo que nuestros ojos se quedaban pequeños.
Necesitábamos más, eso venía casi con nosotros, el nunca saciarse y siempre seguir pidiendo, seguir buscando, seguir persiguiendo hasta que lo encontramos. Y una vez que está ahí, a nuestro alcance, lo cogemos y lo hacemos nuestro.
Siempre nos había gustado la seguridad.
La música se había parado hace un rato pero el disco de vinilo seguía girando. Quizá eso se me parecía a cuando tu mundo se para, pero el de los demás continúa rotando como si nada.
A día 24 de enero, domingo.

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