Variedad de sentimientos.

No sé si es el miedo lo que no nos deja avanzar. ¿Miedo a qué? Quizá a fallar, a no ser suficiente, a no dar la talla. Siempre estamos pensando en lo mismo: en lo rápido que se va el tiempo, en las pérdidas, en lo que no tenemos y en lo que siempre nos faltará. Siempre preocupándonos y dándole vueltas sin parar a las cosas. Al final le damos tantas vueltas que nos mareamos y caemos al suelo.
Y enseguida intentamos levantarnos aunque tengamos un ojo para cada lado y nos duela la cabeza. Porque siempre lo hacemos así, nos caemos y siempre intentamos actuar como si nada hubiera pasado, como si siguiéramos en pie cuando estamos en lo más profundo del suelo. Quizá deberíamos respirar hondo, esperar a que se fuese el mareo y ahí ya levantarnos.
Pero la pérdida del tiempo no era lo nuestro, solamente queríamos vivir el día a día, con un pasado imborrable, con un presente inolvidable y un futuro esperanzador. Y se reían de nosotros por querer llegar más alto, por luchar por nuestros derechos, por no seguir los prototipos preestablecidos. Quizá estábamos equivocados, pero éramos jóvenes luchadores y nada nos paraba.
Quizá pienses que alguien que disfruta de todos los días, alguien positivo, alguien feliz es estúpido y vive en un mundo no apropiado para él. Pero eso no es verdad, el mundo no tiene la culpa de nada. La culpa es nuestra. La culpa es nuestra porque dejamos escapar a nuestra humanidad, al amor, a la amistad para únicamente dejar hueco para el odio y quizá un pequeño resquicio para el miedo. Más que humanos parecemos máquinas. Siempre queriendo ser perfectos, sin fallos, sin caernos continuamente e incluso sin siquiera tropezones. Pero, ¿realmente creemos que todo funcionará así mejor? Hemos dejado vía libre a las mentiras y apartado la confianza, hemos abierto paso al odio y cerrándole la puerta a la benevolencia, y por supuesto el orgullo es de lo que algunos solamente están hechos.
Parece mentira que se rían de gente que intenta cambiar el mundo, gente que intenta mejorar todo esto que está prácticamente destruido, de gente que nunca olvida que incluso las máquinas fallan.

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