Como una especie de noche sin Luna.

Quizá era como una especie de cielo sin estrellas, día sin Sol, noche sin Luna, mar sin olas, playa sin arena. Pequeñas cosas del día a día, que damos por hecho que siempre que nos levantemos, estarán ahí para nosotros, para que escuchemos su sonido, veamos su luz o cualquier cosa. Pero sólo en días concretos nos damos cuenta. En días concretos, fuera de lo habitual, días en los que la Luna está llena o más grande, días en los que no vemos el Sol por culpa de las nubes, días en los que la olas son capaces de alcanzar cinco metros de altura. Esos son los días en los que apreciamos y nos fijamos realmente en lo que tenemos a nuestro alrededor. Lo triste es que nos pasa con todo.
Siempre queremos que llegue un día concreto, porque se sale de lo habitual, es distinto, diferente, y queremos que llegue ya. ¿Pero y qué pasa con el resto de días? Hay más, disfrútalos, vívelos, ríe de lo que pasó alguna vez. Asume consecuencias, vive con los errores, arrepiéntete si quieres, que da igual, que el tiempo no va a parar ni volver atrás para corregir un fallo. Un fallo que todos más de una vez hemos tenido. Pero, ¿y qué? Así es la vida. Así pasa el tiempo. Sin que te des cuenta, se va y no vuelve, no lo agarres, deja que se quede por sí sólo, pero aprovéchalo en todo momento. En cada sonrisa, en cada beso, en cada abrazo, en cada risa, en cada mirada, en cada paso y en cada segundo. Estás teniendo la oportunidad de disfrutar de la vida, ¡cógela y vuela con ella! Vuela hasta lo más alto, lo más bajo, a donde sea, que a saber dónde te lleva, pero a algún lugar llegarás y quién sabe, a lo mejor pasa otra oportunidad y no la coges o sí. La incertidumbre del qué pasará. Solamente sigue tu camino, que irá hacia la cima, que irá hacia el pie de la montaña, qué más da, la tormenta siempre acabará.

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