Déjame que te levante.

Y el cielo se rompe encima nuestra, las nubes se fragmentan y se individualizan, separándose las unas de las otras por ese aire que no hace más que empujarlas en diferentes direcciones. Pero, es esa fuerza la que me sorprende, esa fuerza con la que luchan para entrelazar sus trozos blancos de algodón y mantenerse unidas. Quizás por un rato corto, o quizás para siempre.
En otras ocasiones, el aire decide jugar en contra del mar, juega a empujarlo una y otra vez contra todas esas rocas del acantilado. Lo hace con tanta fuerza que parece que las olas se van a resquebrajar en cuestión de segundos, que no van a aguantar más y que van a estallar. Pero también se decantan por la opción de bailar al mismo compás, de darse la mano y conseguir mover los pies a la vez, al ritmo de la música.
Otros tantos momentos, el viento pone a prueba al fuego, a ver cómo reacciona cuando sopla, a ver si consigue mantener esa vela encendida, o la apaga a la mínima.
Y mientras todo esto pasa, aquí estoy yo, viendo aparecer a la Luna y pensando si el aire pensará en jugar con ella también para no dejarla sola otra noche más.
A treinta y uno de mayo, miércoles.

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