Sé que estás.

Nunca estamos preparados para decir adiós, ni siquiera un hasta luego o un hasta pronto; por eso nos duele tanto.
Nos rompe por dentro, destrozándonos justo cuando entramos en esa terrorífica sala.
Blanca, fría, vacía.
Contigo sería diferente, los azulejos y los sillones blancos y negros, tú los teñirías de colores, azules, rojos, verdes y sonreirías, como hacías siempre y como por supuesto también hacías que lo hiciéramos los demás.
Echo de menos tu sentido del humor, el que nunca perdiste hasta el último latido, siempre estuvo contigo hasta el final.
Sé que estás por aquí, cerca, a mi lado, dándome suavemente la mano para evitar que me caiga, guiándome poco a poco, haciéndome seguir tus pasos, los que tanto echo de menos que des.
Estás, pero yo no te veo. No te puedo abrazar.
En las noches más oscuras y frías es cuando más te necesito, cuando me gustaría sentir tus manos arropándome hasta el cuello para que tu niña no cogiera frío. Sin embargo, es un poco tarde para eso.
Fue un adiós tan repentino, que casi no me acuerdo bien.
Solo me acuerdo de la llamada, del abrazo y de los llantos. Como para olvidar el último.
Otro adiós más, otro adiós que tenía que llegar.
Sé que en la noche más oscura, en el día más frío y en la soledad más negra, estarás ahí, como siempre has estado y estás.
Te quiero, de verdad no puedes imaginar cuánto.
Por ser mis ejemplos a seguir, gracias una vez más.
Otro "gracias" de todos los que me quedan por dar.

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