Pequeña continuación de lo que ojalá sea una gran novela.

Sinceramente, no sabía si estaría en esa calle el hotel.  Estaba diluviando y, al principio, decidí no sacar el paraguas; pero no me quedó más remedio cuando empecé a tener frío. Parecía ser que estaba en la calle y en el número correctos: “Sin mirar atrás número 17”.
Parecía que fuese mi calle. “Sin mirar atrás”.
Por fin encontré el hotel, pero no había nadie en recepción.
Mientras esperaba, decidí asomarme por la grande ventana. Llovía y llovía, la verdad es que parecía que jamás pararía. Pero claro que lo haría. Pararía y saldría el Sol. Y otra vez éste se escondería detrás de las grises nubes y volvería a llover. Pero eso ya sería en otro momento.
Estaba ensimismada mirando la lluvia, tanto, que no me di cuenta de que me hablaban hasta que me tocaron suavemente el hombro. Me sonrojé y pedí perdón. Él me sonríe y me dice que mi habitación es la número 103. Asentí, cogí mi pequeño y escaso equipaje y subí hasta donde me habían dicho que estaría la puerta marcada con ese número: 103.
Entré. Tampoco me esperaba que fuese mucho más grande la habitación, sería de unos 20m2 y el baño estaba a mano derecha. Dejé el equipaje al lado de la cama y me tumbé. No me apetecía deshacerlo ahora. Miré hacia la venta y seguí observando la lluvia. Cogí un papel y empecé a escribir; y seguí escribiendo hasta que llegué aquí. Pero quería ir más lejos todavía, no acabar mi dulce historia con un punto y final, pero justo llamaron a la puerta.
-¿Quién es?, -pregunto.
-Eh, hola, soy el “botones”. Te has dejado tu paraguas abajo y me preguntaba si lo querías en tu habitación o que te lo dejara en recepción, -dice, casi avergonzado por haber llamado.
En vez de seguir hablando a través de una pared, decido levantarme y abrir la puerta.
-Muchas gracias, ya que me lo has traído, me lo quedo aquí, -le respondo sonriente.
-No ha sido nada.
Pero justo antes de que se vaya, le digo:
-Oye, antes preguntaba que quién era, no en qué trabajaba.
Sin darme una respuesta, y apenas girarse, se va. “Quizá me he pasado de graciosa”, pienso. Antes de que el paraguas empiece a mojar todo el suelo, lo llevo al baño y lo dejo en el lavabo para que se seque. Pero de repente veo que en el mango hay un papelito con un nombre y un número. Quizá debí imaginármelo. Pero yo no he venido hasta aquí para eso. No.
Miré la cama y estaba hecha un desastre, recogí todos los papeles y los metí en mi pequeño maletín, tuve que hacer un poco de fuerza, pero al final lo conseguí. No es que mi masa muscular fuera mucha, por eso tuve que hasta sentarme encima.
Fui al pequeño baño con el cepillo y la pasta de dientes que había sacado antes. Me los cepillé y sonreí al espejo, como siempre hacía. Sonreía porque sí, porque estaba orgullosa de mí, porque me quería, que oye, también había que hacerlo.
Me recogí el pelo en una coleta, me puse el pijama y me metí en la cama. Tenía los pies helados y el roce con las sábanas suaves me provocó cosquillas por las que no pude evitar una risa tonta. Me quedé un rato en silencio con la luz de la lamparilla de la mesa encendida, mirando al techo; pensando. Dándole vueltas un poco a todo y a nada en concreto.
Al cabo de unos minutos decidí cerrar los ojos y apagar la luz.
De repente, los rayos del Sol me despiertan lentamente. Anoche se me olvidó bajar la persiana y aunque las cortinas estaban echadas, mis ojos ya se habían abierto y era demasiado tarde, ya no podría volver a dormirme. Miro mi reloj digital y marcaba las ocho y media de la mañana. Estaba cansada, pero tenía que darme prisa si quería desayunar en el hotel.
Pongo la contraseña a la maleta: 1357. Definitivamente, prefería los números impares. La abro y, como siempre, tardo en elegir qué ropa ponerme. Tampoco había traído demasiada conmigo ya que para el tiempo que había elegido quedarme era suficiente. “Unos pocos días, no te preocupes mamá, adiós, te quiero”. Un beso, un abrazo y por último, un ligero movimiento con la mano.
Me voy hacia el baño con la toalla en la mano. La dejo encima del lavabo, me quito la ropa y me meto en el plato de ducha. Enciendo el grifo del agua caliente y noto cómo el agua cae sobre mis hombros y dejo que lo haga durante un buen rato. Después de haberme lavado el pelo y el cuerpo, me coloco la toalla y voy a cambiarme.
Decido ponerme ropa abrigada y unas botas por si volvía a llover. Esa mañana el Sol brillaba con fuerza, pero decían que el cielo de por aquí nunca era de fiar. Y por supuesto que yo hacía caso de lo que iba escuchando a lo largo de los años. Me pongo los pendientes, las pulseras y antes de salir de la habitación, miro la hora: 9.30 am. Media hora y quitaban el desayuno, ya podía darme prisa.
Bajo las escaleras hasta la planta número 1, donde está el comedor. Miro las opciones que hay en el buffet libre y la verdad es que no sabía qué elegir. Al final me decido por un café con leche, una tostada con mermelada de fresa, una loncha de beicon y unas cuantas galletas; la verdad es que me había levantado con hambre esa mañana.
Cuando termino de desayunar, dejo los platos sucios en su sitio. Vuelvo a mi habitación y cuando voy a entrar, me doy cuenta de que algo me falta. Efectivamente, la tarjeta me la había dejado dentro. Suspiré hondo varias veces para tranquilizarme. En definitiva, parecía que siempre me tenía que pasar algo.
Respiro profundamente y pienso que lo mejor es ir si no quiero quedarme sin entrar en la habitación lo que me espera de estancia en el hotel. Sin embargo, el corte me puede, de verdad que parecía una cría. Pero no, no era una niña pequeña ya. Aunque a veces ese espíritu infantil salía, salía con las cosquillas, esa manera en la que no puedes reírte más y acabas por estallar en carcajadas. Pero ese no era el momento. Ese era el momento de por fin pedir la llave, después de intentar moverme unas cuantas veces. Pero de repente alguien pregunta:
–Hola, siento molestar, pero necesito pasar...
De un respingo doy media vuelta y me disculpo. Mira que habría gente en el hotel y tenía que ser él.
Hoy el día tenía pinta de ser completito. Sí, eso parecía. Después de la interrupción, por fin me muevo y me acerco a la recepción. Allí me atiende una chica encantadora llamada Eva. La agradezco que me diera otra tarjeta y me pide que cuando baje le devuelva una de ellas. Asiento y subo de nuevo a la habitación, aunque en esta ocasión por fin para entrar.
Abro la puerta, cojo mi pequeño maletín con mis escritos, el ordenador, las dos dichosas tarjetitas y vuelvo a bajar a la primera planta. Dejo una de ellas en recepción y salgo del hotel. Hoy no hacía tanto frío como ayer lo cual se agradecía bastante.

Al final me habían dado las once menos cuarto entre unas cosas y otras. Decido buscar una biblioteca que esté cerca para encender el portátil y ponerme a escribir un poco. Decido escoger este título: «para ti, querido piano».
"Te apago.
Ojalá esta vez sea solo por un pequeño rato.
Sé que eso únicamente lo puedo decidir yo, sin embargo, hay muchos planes, muchas cosas que quiero hacer y el tiempo iba en mi contra.
También sé que hay gente que está más pendiente de ti, que nunca te deja, que siempre te tocará una vez más.
Quizá yo no sea así del todo.
A veces te miro y decido que es el momento de volver a escucharte, de sentirte en mis manos otra vez, como de vez en cuando hacemos.
Pero, aquí viene otro problema.
No sé tocarte, solo sé algunos cortos trozos de canciones: un poquito de "Para Elisa" y la banda sonora de "El Golpe".
A veces pienso en que alguien me ayude a tratarte mejor, a sacarte todo el partido que te mereces.
Llega el momento en el que te veo de nuevo, yo creo que con más polvo que de costumbre. Te quito la funda, seguro que para ti es como un yugo que quieres arrancarte de encima.
Respiro hondo.
Me dejo llevar, permito que mis manos hagan todo el trabajo y mis oídos lo agradecen.
Una suave melodía sonaba, quizá inventada en ese instante, pero qué bien sonaba.
Cierro los ojos y sigo contigo, nadie me escucha, pero tampoco lo necesito. Me estoy escuchando a mí misma, oyendo esa melodía que mis pequeñas manos tocaban.
Por supuesto que no era la mejor música del mundo, ni la más asombrosa, pero había algo que la hacía especial: era mía."

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