Te decantas por sonreír, decido hacer lo mismo.

Me miras y te miro. Pero me sigues mirando y yo soy incapaz de apartar la vista. Nadie nunca ha sido capaz de fijarse en mí de esa manera.
Nos seguimos mirando y te decantas por sonreír, decido hacer lo mismo. No sé qué tendrás, quizá sea la sonrisa que me provoques con cualquier tontería. Gracias por ser como eres y gracias por hacerme sentir como lo haces.
Nadie nunca se ha atrevido a quererme tanto ni de la manera en la que tú la haces.
Cuando me das la mano, me sonríes, me miras, me pasas ese corto mechón por dentras de la cabeza, me acaricias la mejilla; tantos momentos.
Gracias por ser así, por no rendirte nunca, por estar siempre ahí, incluso en los peores momentos, en mis altibajos, en todo.
Nunca nadie se ha quedado y, por fin, alguien lo hace. No sé por cuánto tiempo, supongo que algún día todo esto acabará, pero no quiero pensar en eso ahora.
Sólo quiero abrazarte, besarte, darte la mano y pasar la mayoría de mi tiempo contigo.
Cierro los ojos y me acerco a ti, pongo mi cabeza sobre tu pecho y vuelvo a abrir los ojos. Sigues ahí, sigues sin irte. Y me sonríes, otra vez, como tantas otras veces.
Pero esta es distinta, sé que te quiero y, por una vez, creo que es mutuo.

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