La lluvia golpeaba contra mi ventana.

La lluvia golpeaba contra mi ventana, cada vez más fuerte; pero yo no quería que entrara.
Tú llamabas a mi puerta, cada vez una llamada más desesperada; y quizá tampoco quería que entraras.
Quizá te echaba de menos.
Quizá ya no te necesitaba.
No lo sabía y puede que no quisiese saberlo.
Una hora, dos horas. Seguías insistiendo, pero cada vez con menos intensidad.
Cada vez con menos ganas de que te respondiese.
Cada vez querías irte cuanto antes.
Y oh, lo acabaste haciendo.
Te fuiste, yo iba a abrirte, pero quizá ya fuese demasiado tarde.
Justo en ese momento te abrí la puerta.
Te abrí, quería que entraras, pero tú ya no querías pasar.
Te abrí y vi cómo te ibas, lentamente, poco a poco, pero sin mirar atrás.
Quizá no debería dolerme tanto.
Pero poco a poco me iba rompiendo.
Unos rasguños que cada vez se iban haciendo más grandes.
Tan grandes que se acabaron tocando unos con otros hasta romperme y sacudirme por dentro.
Pero por fuera no se veía nada.
Quizá eso era lo que pretendía.
Puede que mintiese muy bien, o que a ti no te importase.
Quizá fuese lo segundo, quizá fuese lo primero.
Faltaron dos días para que te fueras.
Para que dejases de llamar.
Para que la lluvia cesase.
Paró.
Y yo lloré, durante días y meses.
Y fue ahí cuando me di cuenta, de que no ibas a volver.

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