Todas las tardes de los viernes.

Y ahí estaba, como siempre.
Esperándome como todas las tardes de los viernes.
Me estaba esperando con esa sonrisa torcida, pícara, tan característica suya.
Cuanto más le miro, más le quiero.
No sé por qué, pero corro hacia él.
Le abrazo y le beso.
Tampoco hace tanto desde la última vez que nos vimos, solamente cinco días que parece que hayan sido el triple o más.
Cada segundo que pasa, se hace como un minuto.
El tiempo pasa muy lento sin él.
Y tan rápido al revés.
Echaba de menos el sabor de sus labios, su mano en mi cintura abrazándome tan fuerte que nuestros corazones no estarían a más de los milímetros que las pieles nos separaban.
Quería tenerle cerca, que nunca se fuese, a mi lado, dándome la mano, paseando, hablando, besándonos.
La lluvia empezó a caer y en ese momento no me importó mojarme, no me importó nada.
Sólo él y yo.
Sonreí y pensé: esto no pasa siempre.
Y le volví a besar.
Y me seguía mojando.
Pero qué más daba, nada más importaba.
Estaba conmigo y yo con él.
Me apretó la mano y me atrajo hacia él.
–Te quiero, susurró.
No sonreí, era algo más que eso.
Quizá era feliz.
Quizá me hacía feliz.

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