Me sonrió.

Me sonrió.
Y, de repente, el mundo se paró.
Puede que fuese la pieza más pequeña, pero quizá la más útil. Quizá sólo faltase esa. O quizá no. Pero todo funciona ya.
Cuando miraba hacia otro lado, no podía dejar de mirarle. Quizá sí pudiese.
Pero quizá no quería.
Quería mirarle y no parar de hacerlo.
Cómo le brillan los ojos cuando sonríe, y cómo se le cierran cuando ríe.
A veces, tienes que disfrutar del momento y vivir la vida.
Típico tópico.
Pero, ¿y es así?
¿Qué hacemos aquí: quietos, sin hacer nada, envueltos en la rutina?
No hacemos nada.
Y quizá sea hora de que todo eso cambie.
Nunca es tarde para empezar de nuevo. Vamos, empecemos de cero.
No te acuerdes de todo lo malo. Avanza.
Eso ya no va a volver, déjalo atrás.
Mira hacia delante.
Pero no quieres que te ayuden, deja que lo hagan. Lo harán.
Y hazlo tú también. Sonríe más, nunca viene mal.
Y le vuelvo a mirar.
Y me mira.
Aparto la vista y sonrío todo lo que puedo, las comisuras están lo más hacia arriba que pueden.
Levanta la mano y me acaricia la mejilla.
–Mírame, -me susurra.
Pero no puedo hacerlo.
Me levanta la barbilla y nos encontramos. Pero no es sólo un encuentro de ojos. Hay algo más, algo detrás. Algo que quizá está escondido y quiere salir.
Quizá salga ya.
El corazón me late a cien, qué digo.
A más.
Intento esconderme en mí, cerrar los ojos, irme a otra parte. Pero donde quiero ir, donde quiero estar, es aquí.
Con él.
Quizá es hora de dejar que todo salga.
Quizá ya haya salido.
Le beso.
Sus labios son suaves y tímidos.
Y sonrío. ¿Que por qué? Porque es imposible no hacerlo.
Me mira y me pierdo.
Y quizá esta vez, nos perdamos juntos.

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