Comparemos la vida con un libro.

Miro a mi alrededor y no veo más que desastres. Más que vacío. Más que horror. Vivimos con miedo, ¿quizá a nunca ser suficientes para nadie? ¿Quizá a morir? En realidad, son confusiones de sentimientos. Sentimientos que no sabemos cómo definir, cómo expresar. Y nos los tragamos, nos los guardamos. Nos los guardamos para nosotros mismos. ¿Quién se atrevería a mostrarlos? A mostrarlos y que supieran la debilidad que tienes. Oh, no. Pero el tiempo pasa, más cúmulo de sentimientos. Cada vez más fuertes y más grandes. Ah, y más tiempo. Pero seguimos aguantando. O lo vamos intentando. Buscamos soluciones, y sólo encontramos más problemas. Ni siquiera nos podemos encontrar a nosotros mismos. ¿Qué es lo que nos lo impide? Quizá nada o quizá todo. Quizá ese cúmulo de sentimientos que, por cierto, sigue creciendo con el paso del tiempo. Y de repente, llega un día. Un día que no aguantas más. Un día en el que decides poner un punto y final, ojalá pudiese ser sólo una coma. Una coma para obtener un poco de aire y seguir con tu historia. Seguir escribiendo. Aunque ya, ¿para qué? Ya se ha gastado la tinta y tú has parado, al igual que tus latidos, solamente que tú de escribir.

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