Supongamos que éramos felices, jóvenes, quién sabe.

Me decías:
espérame, ya llego,
y yo te esperé,
pero no te vi.

Y te seguí esperando,
y lo sigo haciendo,
el café ya está frío,
y yo ya no siento nada,
simplemente, vacío.

Fíjate, nos hemos ido consumiendo,
poco a poco,
sin darnos cuenta,
dejando pasar el tiempo,
teniendo a la muerte más cerca.

El silencio inundaba la habitación,
ya no había risas,
ni lágrimas,
no había nada.

¿Por qué?
Una persona nos llena tanto,
nos hace tan felices,
dependemos tanto de ella,
para que luego se vaya.

Para que luego se vaya,
para que nos deje tirados,
como cualquier muñeco con el que ya no juega,
que ya está pasado.

Como todo,
todo acaba pasando,
acaba acabando.
Y empezamos nuevas cosas.
Nuevas etapas.

Y, sentimos miedo,
¿de qué?
No lo sabemos,
y tampoco lo haremos.

Simplemente,
tememos a lo desconocido,
al qué será,
y al ojalá.

Pero, sé sincero y dime:
¿no ha cambiado todo demasiado?
No darías lo que sea porque todo fuese como antes, ¿no?

Bah, claro que no lo harías,
tú continúas con tu vida y yo,
mientras, estoy aquí,
estancada, tirada, vacía.

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