Quizá sea lo más positivo que he escrito nunca.

Un año más. Y también uno menos. El tiempo va pasando, y echas la mirada atrás. Ya nada es igual. Ni siquiera tú. No nos damos cuenta de lo rápido que pasa todo. Se acabó. Es duro dejar atrás aquello a lo que estás acostumbrado. Nos duele. Nos duele porque nunca estamos preparados para decir adiós, ni siquiera un hasta luego. Porque eso significa dejar atrás los momentos vividos, dejarlos atrás y hacer que pasen a ser recuerdos, porque ya no se van a repetir más. Porque las cosas pasan una vez, cada momento es único, y no lo disfrutamos como tal. Creemos que algún día o alguna vez se repetirá, nos sentiremos igual de felices que cuando abrazamos a alguien por última vez, o cuando por fin llegó ese día en el que cumples tu sueño, sea cual sea. Nos duele recordar, asumir que eso que vivimos jamás volverá a pasar. Porque es la verdad, la realidad, y sí, la verdad duele. Quizá la nostalgia me invada, o no sé qué será, pero duele, duele dejar todo atrás, sin saber siquiera si alguna vez regresará. Ojalá. Pero también hay que dar un paso hacia delante, al principio tambaleándonos, con miedo de lo que pueda pasar, porque no lo sabemos, y tememos no tener el control sobre todo. Hay que disfrutar de todo o, al menos, intentarlo.

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